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Crítica de "Escape Room". Una de las sorpresas del año que se estrena el viernes.

Siempre es buena noticia que una premisa plana -en este caso, una película sobre escape rooms- evada lo convencional y acabe por arracimar a la crítica en esa agradable zona templada de la que no participan decepciones ni obras maestras, pero sí sorpresas. Esta de Adam Robitel, que venía de pinchar en hueso con la última entrega de ‘Insidious’, es una de ellas. La película no se da un segundo de respiro, es de mecha rápida y no cede en su ritmo hasta su discutible tramo final. Puntea varios subgéneros sin aferrarse a ninguno de ellos, lo que arroja una fotografía más bien nítida de su intención. Las referencias y paralelismos como muchos trabajos modernos son cristalinas: como en ‘Saw’ o en la icónica ‘Cube’, enfrenta a una serie de desconocidos no elegidos al azar a un catálogo de pruebas que irán reduciendo drásticamente el grupo. Menos obvias son las ideas que comparte con, por ejemplo, la adaptación de ‘House on Haunted Hill’ de 1999 o incluso el videojuego ‘Until Dawn’. Como cada prueba es una trampa al detalle que exprime diferentes naturalezas del miedo humano, es sencillo encontrar en cada pasaje una interesante decisión encapsulada en pequeños segmentos bien ordenados que conforman una suficiente historia lineal. Pero por partes: primeramente, Escape Room escarba en el tirón comercial del boom de este entretenimiento real, por lo que su posicionamiento está asegurado. Y como siempre que se toma como referencia la vida real, su retorcimiento y malversación facilitan el rebote. No por nada el proyecto se inició bajo el título ‘El laberinto’, detalle no menor habida cuenta del primer concepto. Al final, no es tan simple: todos los participantes están ahí por alguna razón y tras esa decisión se esconde alguien que pretende algo más que la mera muerte.