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CRÍTICA DE PAINTBALL

Por Carlos Marín
   
Interactividad cinematográfica, práctica totalmente alejada de la teoría que tantos intentan y, lamentablemente, fracasan. Uno de esos pocos éxitos nos llegó el año pasado en forma de terror zombificado en primera persona, acierto absoluto en taquilla que, como no, viene con secuela en camino. El caso es que ahora la misma productora apuesta por otro film casi interactivo, donde la barrera entre la primera y la tercera persona es tan fina que, si no fuera porque no se nombra en ningún momento, la cámara podría ser uno más de los actores. Esta propuesta se llama Paintball y sí, como cualquier otro ejercicio inmersivo, se transforma en un bueno o mal producto dependiendo de los ojos del que mira.

Paintball es, por encima de todo, un film de acción. Sí, hay cierto suspense y sí, hay toques de terror, pero la parte que sobresale, la que realmente se puede tocar, es la de las balas silbando en el aire. Con una estructura que prescinde prácticamente del primer acto, las puertas de ese campo de batalla perdido entre las montañas se abren con la intención de meternos directamente en materia, sin condicionantes ni trampas emocionales: aquí hemos venido a masacrar.

Puede que la manera de narrarlo en forma de largos planos secuencia (algunos rozan los 13 minutos) sea exagerada e incluso confusa. Pero es que funciona. ¿Que marea? Por supuesto que marea. Cámara al hombro seguimos a un tipo por un cementerio de coches, corriendo con un chaleco antibalas encima. De golpe, un disparo. Lo siguiente, la confusión absoluta, la falta de aire y el nerviosismo trepidante que confunde al espectador hacia el límite. Por eso es arriesgada, porque mientras se esté al lado de los protagonistas la narrativa asume un compromiso de camaradería que (y aquí viene la bomba) más quisieran otros productos filmados en primera persona. Por lo tanto, el trabajo de Daniel Benmayor es de un valiente y una coordinación técnica digna de aplauso.

¿El problema? El temido avance de la trama hacia el final. Las pequeñas escapadas que se permite la narración hacia otros lugares (que no destriparemos) suenan a fórmula y, aunque seguramente necesarias para darle a todo un poco de sentido, entorpecen la experiencia. El villano, ese cazador orgulloso y claro referente al Depredador de McTiernan, era suficiente elemento terrorífico externo como para crear la tensión que genera el drama, pero está visto que lo sencillo en el cine es, irónicamente, complicarse. Aún así y pese a su avance cada vez menos comprometido, la película guarda tremendos aciertos estéticos. Por ejemplo, cuando es de noche, es de noche; total, absoluta y desesperante oscuridad.

Paintball es, al final, lo que sustancialmente habría sido sin su punto de vista extremo: un film de acción adrenalítico, mitad slasher mitad videojuego, una película que juega bien sus armas (nunca mejor dicho) y que si uno se deja atrapar por ella, puede sentirse un poco más superviviente. Sobre su simplicidad argumental y su carencia de giros importantes... ¿cuántas películas al año justificamos ver y disfrutar que padecen de los mismos defectos? Disfrutemos de la experiencia y dejemos las complicaciones a los que los árboles no les dejen ver el bosque. Pero uno manchado de pintura, ojo.

Lo mejor: Que va directa al grano y ofrece un estilo en la dirección suficientemente original y tenso.

Lo peor: Ya no su simplicidad, sino su triste avance hacia un final realmente anticlimático.

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