CRÍTICA DE VAN HELSING

Por Emilio Martínez
 
Sin duda, Van Helsing era una película muy esperada. Lo tenía todo para convertirse en un gran título: una historia que siempre ha gustado, un personaje carismático (Van Helsing), los mayores monstruos del cine de terror (Drácula, El hombre lobo y Frankenstein)… Sin embargo, se ha ganado a pulso el ser una película sonrojante, aburrida, carente del más mínimo interés y totalmente entregada al servicio de los efectos especiales.

Su director, Stephen Sommers, ya consiguió entretenernos hace años con Deep Rising. Más tarde llegaron La momia y El regreso de la momia con lo que el cine de acción y la serie B se ponían de moda nuevamente en Hollywood.

Las virtudes de aquellas películas no aparecen por ningún lado en Van Helsing. No hay un malo malísimo en condiciones: el despiadado Imhotep de la saga egipcia es sustituido por un Drácula, con look a lo Bustamante, completamente ridículo, que más que producir terror produce carcajadas. El gracioso de turno, Carl (más conocido por su papel de Faramir en El señor de los anillos) resulta cargante. Su papel está muy alejado del simpático Jonathan (el hermano de Ivy en la saga de La momia).

Las escenas de acción están entretenidas, los efectos especiales están muy logrados, y todo hay que decirlo, Kate Beckinsale está tan buena como siempre. Pese a todo, ni a propósito consiguen que unos diálogos resulten tan ridículos y forzados como ocurre en Van Helsing. Cada vez que alguno de los protagonistas abre la boca para decir una frase deseas con todas tus fuerzas que aparezca un monstruo para que empiece la acción de nuevo y se callen de una vez.

Probablemente, Van Helsing se recuerde por haber sido la película más cara de la serie B realizada hasta ahora.

En definitiva, una película totalmente olvidable.
 
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