CRÍTICA DE OPEN WATER

Por Emilio Martínez
 
En una cosa si estoy de acuerdo con Open Water y es que realmente es una película de TERROR. Así, con mayúsculas. No es terror psicológico, ni terror a lo desconocido si no el peor de todos: el terror a que una vida perfecta se desmorone completamente por algo tan común como puede ser un error humano.
Y es que Open Water no trata sobre la supervivencia de dos personas en alta mar que se encuentran a merced de un grupo de tiburones, si no, de cómo dos personas que lo tienen absolutamente todo, pueden morir el día menos pensado de la manera más estúpida.
Chris Kentis, con más imaginación que medios, consigue aguantar con la suficiente dignidad una película teniendo únicamente como escenario el mar abierto, unos tiburones y dos buceadores. Sin embargo, es una lastima que escenas bastante bien rodadas como el ataque de los tiburones queden empañados por otras cercanas al telefilm, como la discusión de la pareja en alta mar acerca de quién tiene la culpa de todo. Los actores además no ayudan demasiado. Están poco creíbles en su papel, lo que me llevó a desear por momentos el que acabasen siendo devorados por cualquier bestia marina.
Sus escasos setenta y cinco minutos de metraje te arrastran hacia un inevitable y tramposo -lo que pone de mala leche- final. Y al salir del cine uno no sabe que pensar: si ha visto una gran película del cine de terror independiente o por qué no gasté el dinero en realquilar Tiburón y Deep Blue Sea en el videoclub.
Ahora con el paso de los días, me decanto por la primera opción.
 
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