CRÍTICA DE A VIDA O MUERTE

Por Ramón Ruestes
 
El dúo artístico formado por Michael Powell y Emeret Pressburger, asociados en su propia productora The Archers desde 1941, alcanzaba con este film un momento creativo muy personal, alejado de las habituales formas de producción que se veían por aquel entonces. Esta película, que finaliza la trilogía iniciada por A Canterbury Tale y continuada por Know Where i´m Going, se mueve por dos aguas distintas, el drama romántico y el fantástico puro. Y entre muchas lecturas, podríamos calificarla como una antítesis de lo que eran las películas bélicas propagandísticas americanas. Arranca con una secuencia del universo y una voz en off describiéndonos la inmensidad de éste, y lo pequeño que es nuestro planeta, el cual veremos en pleno conflicto bélico al acercarse la cámara con un zoom. Seguidamente asistimos al flechazo amoroso entre la pareja protagonista, Peter (David Niven) y June (Kim Hunter), en una escena llena de tensión, entre un oficial a los mandos de un caza cayendo en picado con su aeronave, desde la cual pretende saltar sin paracaídas, y una radio operadora que le hablará y escuchará hasta el último momento. El piloto sobrevive, conoce y se enamora de la radio operadora, y todo va viento en popa hasta que descubre que su hora había llegado en el momento del accidente de aviación; todo ha sido un error celestial y ahora debe abandonar el mundo y partir hacia el paraíso. Éste se niega al encontrarse completamente enamorado de la bella June, por lo que solicita una apelación a los dirigentes del más allá que le someten a un juicio celestial.

Este argumento permite a Powell y Pressburger dar rienda suelta a su vena más creativa y formar una ambientación fantástica repleta de detalles tan imaginativos como el personaje del “conductor”, interpretado por Marius Goring, un excéntrico francés que viene desde el más allá para transportar a Peter en su viaje hacia el cielo; detalles como el de una cámara dentro de un ojo y un enorme párpado cerrándose delante del objetivo, mediante el que se da paso a las visiones producidas en su mente (o lo vivido por su alma…); el momento del juicio, con un decorado espectacular repleto de extras; o los diferentes encuadres con los que filman la partida de tenis de mesa. También tenemos guiños al propio cine, como la llegada a la tierra del conductor francés, las escenas del cielo son en blanco y negro (en dye monochrome) y las de la tierra en color, donde dice: - Ahí arriba se echa de menos el technicolor-. Aquí habría que aclarar que la versión doblada al castellano contiene importantes cambios que perjudican bastante la obra original. En esa frase, concretamente, en la versión doblada dice “color” en lugar de “technicolor”, eliminando por completo el guiño. No obstante, los más significativos los encontramos en la inclusión de música o cambios drásticos en los niveles de audio en algunas escenas, eliminando totalmente el lenguaje y los recursos cinematográficos utilizados por los autores en algunas escenas. Por ejemplo, en la escena inicial del universo que comentábamos antes; mientras que en el original no es acompañada de ningún fragmento musical, ayudando con ello a transmitirnos una impresión de soledad y vacío en la inmensidad del cosmos, de forma incomprensible, los responsables del doblaje al castellano incluyeron una pieza musical. Este es solo un ejemplo de los muchos cambios que contiene el sonido en la versión doblada, por lo que es recomendable intentar ver la película siempre que sea posible en su versión original.

Una de las virtudes de la película se halla en los diferentes pasos que da el argumento hasta llegar al rotundo mensaje final, el del triunfo del amor. Para ello se mueve por terrenos como los del patriotismo o los prejuicios hacia otras nacionalidades fruto de los conflictos, como veremos en el divertido juicio que tendrá como fiscal del caso a Abraham Farlan (Raymond Massey), ni más ni menos que el primer norteamericano muerto en la Guerra de la Indepen
 
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