CRÍTICA DE LAS TRES CARAS DEL MIEDO

Por Miguel Martí­n
 
“Las tres caras del miedo”, del mítico director italiano Mario Bava, engloba a lo largo de las tres historias cortas que lo componen tres maneras muy diferentes entre sí de entender el terror cinematográfico. La presentación de la película corre a cargo del grandísimo Boris Karloff, que ejerce de inquietante maestro de ceremonias (siendo además el protagonista del segundo relato).

La primera de estas historias se titula “El teléfono”, y cuenta el terror que siente una muchacha debido a las amenazas telefónicas que sufre por parte de un preso fugado. Con un estilo cercano al giallo, que más tarde Mario Bava perfeccionaría a lo largo de su filmografía, este tramo de la película se centra en el asedio no físico por parte de una amenaza invisible pero audible. Se trata de una trama propia de novela negra, que en su breve duración contiene incluso un giro de guión (inevitablemente precipitado) y un interesante trasfondo lésbico. “El teléfono” no es propiamente una historia de terror, sino un capítulo sobre crimen y asesinato con psicópata incluido. Aunque se resiente en cuanto a tensión por su falta de metraje, no deja de resultar una interesante y funcional introducción para las verdaderas caras del miedo que se suceden a continuación.

El segundo episodio corresponde a “Los Wurdalak”, basada en el conocidísimo relato de Alexei Tolstoi. Su argumento incide en ciertas leyendas eslavas sobre el mito vampírico, y aunque en parte se desvía del cuento original (especialmente en lo relacionado a su tramo final), el guión recrea a la perfección el terrorífico drama de estos vampiros que viven de la sangre de sus propios familiares. El relato en que se basa es realmente impactante, y Mario Bava lo sabe retratar con todo el misterio y los golpes de efectos necesarios. Sin duda la logradísima y agobiante atmósfera (así como el ambiente enrarecido creado), logra transmitir la sensación de inquietud en el espectador, creando una de las más originales e interesantes aportaciones vampíricas de la historia del cine. Más aún siendo el mismísimo Boris Karloff el patriarca/vampiro de la función. “Los Wurdalak” es sin lugar a dudas la representación más clásica del terror cinematográfico de esta cinta.

La última de las narraciones es “La gota de agua”, y quizás sea la más impactante de las historias atesoradas en “Las tres caras del miedo”. Una enfermera es llamada en plena noche (tormentosa, como mandan los cánones del género) para atender el cadáver reciente de una anciana. Mientras se encarga del cadáver, se fija en el tentador anillo que aún lleva en sus dedos la muerta. La venganza de ultratumba está servida, así como el traspaso de la maldición de codicioso a codicioso (genial reflexión final). Se trata de un terror más visceral y malsano, con el protagonismo de la espeluznante figura de la anciana de cara desencajada (evidentemente un muñeco, pero no por ello menos aterradora). Pone los pelos de punta. Tanto la ambientación, como el juego de luces y sombras, como los golpes de sonido que enmarcan los momentos más terroríficos, dan como resultado una auténtica joya del terror psicológico. Sin duda es un final impactante al que el director quiso quitar algo de hierro con un desmitificador epílogo a cargo de Boris Karloff, en el que se muestra de una manera brillantemente cómica los entresijos de la filmación de una película de estas características.

Mario Bava se perfiló gracias a esta película (y a la anterior “La máscara del demonio”) como uno de los valores seguros dentro del terror italiano, y consiguió convertirse en todo un clásico del género gracias a películas posteriores como “Seis mujeres para el asesino”, “Terror en el espacio” o “Diabolik”. Sin duda el uso que hace el director de las sombras, de las tinieblas, de los decorados, y sobre todo de los colores, le hacen un referente ineludible dentro del género de terror. Aunque indudablemente se creciera cuando tuviera entre las manos un guión tan bueno como
 
CRÍTICAS RECIENTES