La Traducción del Mal


¿Cuántas veces habéis sangrado por los ojos frente a la taquilla de un cine? ¿A cuántos se os ha carbonizado la retina o licuado el cerebro al leer el título de una carátula? Imagino que “infinitas” e “infinitos” responden a ambas preguntas respectivamente.

La traducción de títulos extranjeros al español remolca un dilatado historial de escarnios y atrocidades, es un hecho que destruir películas se ha convertido en deporte nacional.

¿Razones? Muchos habréis leído al respecto en distintos medios, es la eterna polémica, remueve polvo y heridas cada semana desde incontables, y seguirá haciéndolo, porque a fin de cuentas obedece a fórmulas de marketing.

Es la peor parte de la historia, que en el fondo es tan comprensible como respetable, la recaudación manda sobre la opinión y el diseño, y si eres una distribuidora lo último que quieres es arriesgar tu inversión. Si hasta el tamaño y ángulo de las caras de los actores en los posters se pacta entre abogados en los despachos.

No es de extrañar por tanto que las distribuidoras se interesen en el bolsillo del espectador medio, el menos exigente debido a su falta de criterio y memoria, y por ende el más generoso.

Quienquiera que se considere autor (y el que no también), es consciente de la relevancia de un título en una obra, esa palabra o frase que sintetiza la esencia de una historia, y de la que muchas veces germina. Un título rara vez es gratuito o accesorio en el plano creativo, pero cuando la lógica del mercado se impone sobre el criterio del autor, no queda otra que tragar con aberraciones como “!..O una maldición del Infierno!” (The Godsend), “Monstruoso” (Cloverfield), “Mi novia es un zombie” (Dellamorte Dellamore), o spoilers con patas como “La semilla del diablo” (Rosemary’s Baby).





Da igual lo inspirados, significativos o sugerentes que sean los títulos originales, deben ser traducidos para que sean comprensibles, salvo que el original haga referencia a un fenómeno popular, se haya convertido en una marca o beba de una fuente ajena con su legión de incondicionales, sean libros, cómics, juegos u otras películas.

Todo influye según estadística, la sonoridad de las palabras, la extensión de la frase, incluso la gramática escogida puede definir el target al que va dirigido. En algunos casos, aún teniendo la bondad de conservar el título original, se guardan las espaldas añadiendo coletillas innecesarias y subtítulos espantosamente descriptivos.

La idea es dejar claro al espectador casual qué es lo que va a ver, darle una sinopsis encubierta y chapucera de la película que destripe su contenido, para quitarle el miedo a encontrarse sorpresas.

Ciertas distribuidoras se ciñen a las exigencias de las productoras, otras actúan con total libertad. Conservar el título original siempre es buena opción, aún habiendo casos (ojo) donde la traducción es considerada superior. Adaptarlos a una traducción cercana o literal también es aceptable, el problema viene cuando el brainstorming de los técnicos de marketing deriva en banalidades vergonzosas y humillantes, que más que ayudar le hacen un flaco favor a las películas. Teorías de la conspiración sugieren que en algunos casos estas formas de ultraje son adrede, bien por estrategias internas o por rencillas personales; en todo caso han sido estudiadas, y eso es lo que da más miedo.

Cuesta creer que alguien pueda recordar una película que se llama prácticamente igual (o sin el prácticamente) que tropecientas anteriores y posteriores, o que interese pagar por títulos que no sugieren nada y parecen combinaciones de meta-tags de búsqueda por Internet, como sucede con los latiguillos “del miedo”, “de la muerte”, “mortal”, “final” o “del infierno”.

Dado que nuestro género es proclive al maltrato en materia de estrategias comerciales, como buen conejillo de indias que ha sido siempre, os dejo con un repaso pesadillesco a este holocausto cinematográfico.

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