"La Forma del Agua": Entrevistamos a su director Guillermo del Toro

Guillermo Del Toro es un tipo fornido, de brillantes ojos azules y eterna sonrisa. Entra en la sala donde le esperamos saludando a un compañero periodista. Le grita ‘Que pasó CABRÓN’. No hay maquinaria capaz de eliminar al mexicano que vive en él.

Tampoco puede evitar recomendar libros que le chiflan, como el ‘The List of Seven’ de Mark Frost, con un Arthur Conan Doyle preSherlock luchando contra sectas satánicas.

Del Toro es un genio sí, pero es que además es uno de nosotros. Lo certificamos en cuanto llega la primera pregunta y retomamos el tema al que Sitges hace homenaje este año.

¿Cuál es tu película de Drácula favorita?

Siempre están ahí el ‘Nosferatu’ de Murnau o el de Herzog. Pero me quedo con la de Coppola. Para mí la obra de arte perfecta es la imperfecta. Una donde sus virtudes y sus defectos son una sola cosa. [el Drácula de Coppola] arriesga, gana, pierde, con una vocación poética profunda; con un romanticismo absolutamente desbordante. Es un gesto hermosísimo.

Y el mejor Drácula para mí, como figura romántica, es sin duda el de Gary Oldman. Y lo digo con el conocimiento de causa del que conoce la historia del cine de terror, Christopher Lee, Bela Lugosi… me da igual. El Drácula de Oldman ES el Drácula.

¿Es ’La forma del agua’ tu película más ambiciosa?

No lo creo. Es diferente. Temáticamente ‘El laberinto del fauno’ es muy ambiciosa, ‘El espinazo del Diablo’ también es ambiciosa… no se trata tanto de la ambición si no de una formulación más adulta. La reformulación de una infancia superada a los cincuentaytantos años. De una necesidad que tienen más que ver con mis inquietudes de adulto y no las inquietudes que me surgieron de niños.

Creo que tardas 40 o 50 años reponiéndote de la infancia. Los primeros diez años es el crisol de la mierda (risas) donde te forman una identidad equivocada, donde te dan una idea del mundo equivocada… donde te inculcan todas las ideas de los viejos. Y te pasas el resto de las décadas parcheando esa rotura. Es un cántaro roto al que se le sale el agua.

Pero si lo logras parchear de alguna manera, tienes que reformularte algo nuevo. Y eso es lo que pasó con ‘La forma del agua’. Yo quería hablar del amor y del cine, pero de una manera esperanzada. Todas las películas anteriores, no importa si es ‘Pacific Rim’ o ‘El laberinto del fauno’, todas están impulsadas por la idea de la pérdida y la nostalgia.

‘La forma del agua’ es la primera vez que estoy interesado en la vida. En la vida, en el sexo, en el amor al cine… es una película vital. Las otras eran poesía de cementerio, mirando a lo que se perdió.



Es el monstruo una metáfora de esto…

Todo el cine es metáfora. Incluso el cine realista. Es imposible para el cine ser la realidad. Como decía Borges de la poesía: “Si yo hago el mundo una poesía, la poesía es el mundo”. Ante esa imposibilidad lo único que te queda es la parábola, la metáfora y el cuento de hadas. Eso sí que es posible.

¿Qué importancia tiene en tu vida entonces el cine fantástico?

Cada quién se busca una fabulación que lo acomoda. Hay gente que se vuelve católica, yo me volví monstruólico. Hay gente que encuentra a Jesucristo y yo encontré al monstruo de Frankenstein. Porque es una vocación que te habla espiritualmente. No hay una figura del martirio, del calvario, más perfecto que el de Boris Karloff como la criatura. Sus ojos son beatíficos. Hay una suerte de inocencia […] muy grande en esa figura.

Es un santoral muy complejo el de la historia del cine fantástico. Puedes ver un rango enorme, desde ‘Re-Animator’ hasta ‘El Espíritu de la Colmena’. Igual que en la literatura, si empiezas por el fantástico más puro realmente vas a terminar con Víctor Hugo, con Oscar Wilde, con Poe, con Henry James… al transitar por un género terminas por acepciones artísticas muy sofisticadas. […] Para mí son figuras que han trascendido espiritualmente en mi vida.

Querías hacer ‘La forma del agua’ en un inicio en blanco y negro, ¿esto es así?

Sí, es así.

¿Y cómo pasas de repente a un tratamiento del color tan profundo finalmente?

El color tiene que tener dos pesos. Uno es temático, es decir tiene que estar contando algo de la película. La película es muy sencilla a nivel color porque en el espectro de los colores fríos existe Sally y el monstruo. El cian, el verde agua marino, el azul… todo eso es el universo de ella. El universo del agua. El universo del aire es en cambio ámbar, dorado… el vecino, por ejemplo.

Los apartamentos están uno al lado del otro, pero en uno es siempre de día y el otro es una luz permanentemente nocturna. Es completamente dicotómico, el aire al lado del agua. Al clasificar el mundo del aire en dorados cálidos y el otro en colores fríos de agua ya estás contando algo.

Y evitamos completamente el rojo, excepto en tres ocasiones: la sangre, el amor y el cine. Una paleta de color tiene que existir tanto por los colores que permites como por los que no permites.

Al final la disciplina de fotografía, vestuario y diseño de producción es una disciplina. Son cuatro patas de una misma mesa. Esto permite un terrario en el que la criatura pueda existir. [Todo] existe para que esta criatura pueda respirar.



El reparto está espectacular.

Totalmente. [Sally Hawkins y Richard Jenkins] son el mismo personaje. Son dos hemisferios del mismo personaje: él habla por ella, ella siente por él. Son una dupla muy íntima. [De hecho] le escribí el papel a Sally, a través de los años, desde 2011 hasta 2015. Y está hecho para ella. Participó en la labor de guión. Y en cuanto a Richard, no lo escribí para él, pero fue el primer actor y el único actor al que le ofrecí el papel.

[A Michael] Shannon le escribí el papel para él. Quería un malo que, a mitad de la película, tuviera un momento de que él también es parte de una estructura. Y que él también está bajo presión, y también tiene emociones. Aunque sean equivocadas.

Y la criatura, ¿por qué un monstruo? ¿Y por qué acuático?

Todo empezó cuando tenía 6 años y vi ‘La mujer y el monstruo’. Vi el monstruo de la Laguna Negra nadar debajo de Julie Adams en su bañador blanco. Me enamoré de Julie Adams, me enamoré de la criatura, me enamoré del amor que existía en esa imagen y yo quería que terminaran juntos. ¡Quería corregir ese error tan grave!

Lo que sucede es que, para mí, la criatura es la definición encarnada de la otredad. Tienes la otredad del artista homosexual, la de una aseadora afroamericana, una muda, un espía ruso que no tiene ni siquiera su nombre… son invisibilidades, pero la más grande es la de la criatura. Para Shannon es una criatura oscura y sucia que viene de Sudamérica (risas), que puede ser eso o puede ser un Dios.

¿Cómo hablar del amor a nivel visual? Pensé en el agua y en lo que dice el Tao (algo que también decía Bruce Lee) que “el agua es el elemento más poderoso del universo porque no tiene forma; porque toma la forma del recipiente en el que está”. Es fluida, pero no la para ni el acero, ni la roca. Y pensé “eso es el amor”. El amor no tiene forma. El amor, en todas sus formas, vale. Y puede romper a través de todas las barreras.

La criatura podría ser la encarnación misma del agua.

Por Carlos Marín.
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