Crítica de "Predator" (*** ½). Macarra, gore, con diálogos geniales y muy divertida.

Antes empezar el visionado de una nueva de una saga mítica sus fans deben preguntarse si están dispuestos a afrontar que ninguna secuela puede llegar a alcanzar la sensación que le produjo el original. Y a veces, incluso deben asimilar que el estilo de un autor se puede sobreponer al de la propia serie de películas. El nombre de Shane Black, en este caso, rivaliza en peso con el de la propia franquicia surgida con Depredador. El director y guionista ha cultivado un estilo muy reconocible basado en los diálogos, el tratamiento de personajes y la comedia plagada de violencia y eso es exactamente lo que nos ofrece en su última película.

Tanto es así, que el aspecto terrorífico de los predators se da por sentado y jugamos en un terreno en el que la criatura impone por su físico y su uso de la fuerza bruta, pero que ya no es un monstruo desconocido y aterrador. Black atribuye al extraterrestre una cualidad de asesino despiadado, de peligro constante y con una presencia que siempre significa problema inmediato para los protagonistas, pero también es un enemigo abatible, un monstruo que sangra, al que se le puede matar, por lo que nos encontramos ante una película que se plantea más como una película de aventuras, de hombres contra la bestia, que un slasher que acaba convirtiéndose en un survival de combate.

Crítica de Predator


Black fue uno de los soldados que morían degollados en la cinta de John McTiernan y conoce bien los códigos de la saga, pero a pesar de utilizar la banda sonora original a diestro y siniestro para contener bien la película dentro de un universo conocido, el tono que inyecta es el de una comedia ligera, en ocasiones con humor absurdo más propio de su anterior película, Dos buenos tipos (2016) que de su mucho más oscura El último Boyscout (1991), aunque el protagonista, Quinn McKenna, tiene modismos muy similares a aquel Joe Hallenbeck, como ciertas coletillas desafiantes que le convierten en un antihéroe 100% “Blackeriano”. El hecho de que Boyd Holbrook sea un guaperas que parece hermano mayor de Justin Bieber no le quita un ápice de actitud chulesca y consigue llenar la pantalla del carisma necesario para hacerse fácilmente con el liderazgo de los “Loonies”, un grupo de militares con problemas mentales con los que se ve obligado a hacer equipo contra un mal mayor.

El grupo de inadaptados junto a la doctora que interpreta Olivia Munn, forman el corazón con el que late The Predator, sus personajes, con los que te encantaría vivir toda una franquicia o una serie de televisión. La película va más sobre ellos que sobre un alien cazador, y en ocasiones la ausencia del mismo en pantalla puede llegar a alarmar a los que vayan esperando una especie de Aliens: el regreso (1986) con predators. Puede que ese llegue a ser el gran problema con el que se encuentren algunos, pero eso no significa que cuando el depredador aparece no se haga notar. Su condición de especie letal no queda puesta en duda y, desde el primer minuto, queda claro que esto no es una dulcificación de la saga. Los cuerpos mutilados, las explosiones de sangre y la fuerza bruta de las criaturas aplicadas a los frágiles humanos aseguran que la R de la calificación está más que justificada.

La participación del guion de Fred Dekker también se hace notar. El grupo de loonies no deja de ser una versión militarizada de los niños marginados que formaban Una pandilla alucinante (1987) y la premisa acaba siendo la misma, un grupo de amigos disfuncional enfrentado a monstruos. Está llena de detalles similares y bromas que tratan de desmitificar a la figura con la que se enfrentan. Al igual que a pandilla monstruo descubría que el hombre lobo tiene pelotas, esta media docena del patíbulo se dedica a cuestionar el nombre con el que se ha bautizado al animal, con alguna que otra línea de diálogo meta hilarante. El humor referencial es fluido y se alterna con detalles más sardónicos y gags violentos que te dejarán con la boca abierta. Si de algo puede presumir The Predator es de ser la película de acción más divertida del año. Sus algo más de 100 minutos pasan volando y deseas que fuera esta y no ciertas continuaciones de franquicias la que durara más de dos horas.

Crítica de Predator


Y es que Black y Dekker no sólo son unos tremendos guionistas, sino que su estilo se basa en los clásicos del cine negro y la aventura, por lo que el dominio de la economía narrativa se hace evidente en cada transición a una nueva secuencia. Otro de los mayores hallazgos de The Predator como blockbuster es que destroza la estructura “escena de acción/escena de diálogo” instaurada en las últimas décadas. Esa sensación de que las escenas de transición se ruedan en un decorado mientras las de acción se preparan en un programa de modelado 3D pasa a segundo plano y no hay esa secuencia intermitente. La acción fluye en el momento que toca y lo pide la historia y, lo más importante, todo lo que ocurre se ve en el lugar en el que ocurre. La acción se siente de vieja escuela y, en general, todo el conjunto parece haber salido de alguna vieja estantería de un videoclub de los 90.

Desafortunadamente, esa sensación de clasicismo formal se diluye un poco por el uso del CGI que, aunque en muchos casos es muy efectivo, como la mayoría de escenas con el gran predator evolucionado, en otras ocasiones no está a la altura de trabajos que vemos en una producción mediana. Los sabuesos infernales, o esas mascotas alienígenas que acaban siendo un maravilloso recurso cómico, no tienen un acabado convincente y eso se puede extender a algunas escenas concretas en las que la integración se percibe inacabada, además de innecesaria. Se puede sospechar que algunos de ellos se han hecho con algo de prisa, tras los infames reshoots que han dejado algunas secuelas en el conjunto. No solo se perciben algunos cortes aquí y allá, sino que el tramo final da la impresión de ser un poco apresurado.

Escenas del tráiler como Nebraska con una ametralladora no aparecen en ningún momento y todo apunta a que el clímax era más complejo y espectacular. La eliminación del personaje de Edward James Olmos es sorprendente, pero hay un detallito que hace que esté al menos en espíritu. Cuando aparezca lo sabréis. La exigencia de asemejar The Predator a la saga deja una recreación nocturna de la primera parte algo desnuda. Efectiva y sangrienta, sí, pero de alguna manera por debajo del potencial de Black. Si lograremos ver algo de la otra versión del tercer acto en formatos domésticos es una incógnita, pero lo que nos ha dejado el creador de Arma Letal (1987) es un necesario corte de mangas al estilo de cine de acción de gran presupuesto que puebla hoy la gran pantalla. Macarra, gore, llena de actitud y con diálogos para enmarcar, Black y Dekker hacen lo mejor que saben hacer, un tebeo ultraviolento, divertidísimo y que no se toma en serio ni a sí mismo ni la mitología con la que se atreve a jugar. ¿Para cuándo la secuela?

Lo mejor: Su violencia sin prisioneros, el guion, el humor, y los personajes que se van contigo a casa.

Lo peor: La sensación de que podría haber sido sobresaliente. Los cortes y reshoots se dejan notar más de lo que esperábamos.

Por Jorge Loser


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