Crítica de "Escape Room". Una de las sorpresas del año que se estrena el viernes.

Siempre es buena noticia que una premisa plana -en este caso, una película sobre escape rooms- evada lo convencional y acabe por arracimar a la crítica en esa agradable zona templada de la que no participan decepciones ni obras maestras, pero sí sorpresas. Esta de Adam Robitel, que venía de pinchar en hueso con la última entrega de ‘Insidious’, es una de ellas. La película no se da un segundo de respiro, es de mecha rápida y no cede en su ritmo hasta su discutible tramo final. Puntea varios subgéneros sin aferrarse a ninguno de ellos, lo que arroja una fotografía más bien nítida de su intención. Las referencias y paralelismos como muchos trabajos modernos son cristalinas: como en ‘Saw’ o en la icónica ‘Cube’, enfrenta a una serie de desconocidos no elegidos al azar a un catálogo de pruebas que irán reduciendo drásticamente el grupo. Menos obvias son las ideas que comparte con, por ejemplo, la adaptación de ‘House on Haunted Hill’ de 1999 o incluso el videojuego ‘Until Dawn’. Como cada prueba es una trampa al detalle que exprime diferentes naturalezas del miedo humano, es sencillo encontrar en cada pasaje una interesante decisión encapsulada en pequeños segmentos bien ordenados que conforman una suficiente historia lineal. Pero por partes: primeramente, Escape Room escarba en el tirón comercial del boom de este entretenimiento real, por lo que su posicionamiento está asegurado. Y como siempre que se toma como referencia la vida real, su retorcimiento y malversación facilitan el rebote. No por nada el proyecto se inició bajo el título ‘El laberinto’, detalle no menor habida cuenta del primer concepto. Al final, no es tan simple: todos los participantes están ahí por alguna razón y tras esa decisión se esconde alguien que pretende algo más que la mera muerte.

Esa oscura y más alta intención, se sospecha, podrá desarrollarse en la secuela ya confirmada de la película y que a priori se estrenará en 2020 -también bajo la dirección de Adam Robitel-. Como quiera que este tipo de películas (ocurrió con la propia Saw, pero también por ejemplo con Destino Final) se prestan a la continuación ilimitada mientras la taquilla responda y exista un público dispuesto a cebar sus inquietudes con estas artimañas claustrofóbicas, es de esperar que Escape Room se perpetúe. Quizá entonces la saga se cargue con algo más del atrevimiento que se echa en falta en esta primera parte, en la que se rebusca un refinamiento tan interesado del thriller que el miedo se hace más subjetivo que nunca, en función de si uno le tiene más respeto al fuego, a la nieve, a las alturas o a los psicotrópicos. Como el paralelismo con Saw es inevitable, también lo es su marcada diferencia: Escape Room no es gore en absoluto y no necesita de ningún efecto extra que apunte directamente al estómago. Quizá esa tibieza, ese contenido apto para casi todos los públicos, la penaliza en la era de la insensibilidad y el macrocosmos snuff. Pero dada la modesta expectativa que avecina, el resultado y su elocuencia bastan para posicionarla en las recomendaciones del primer semestre de 2019. Que no es poco.


Lo mejor: Da bastante más de lo que promete, trilla los nervios y no está exenta de cierta originalidad a pesar de lo muy evidente de su idea. No decepciona.

Lo peor: Amenaza con perpetuarse y con ello ir perdiendo frescura y factor sorpresa, si lo hubiera. Quizá peca de soft en el desarrollo, pero no necesita más.

Por Manuel Mañero.

Etiquetas: Sony Pictures - Escape Room