CRÍTICA DE JURASSIC WORLD: EL REINO CAÍDO

Por Jorge Loser
 
Para muchos, la llegada del primer ‘Parque Jurásico’ (1993) supuso un escalón en la concepción del blockbuster fantástico como un entorno limitado por la cantidad de temas adultos, violencia o intensidad en las escenas de terror según la calificación por edades. Aunque la obra de Steven Spielberg fuera un hito en el cine de entretenimiento y mantuviera el espíritu de la novela de Michael Crichton sí que significó, en parte, cierta contención en escenas de violencia para el cine comercial, cierto estándar que no se correspondía con las restricciones de otras épocas. La evolución, sin embargo, de la experiencia cinematográfica de estudio marcada por la MPAA, ha sufrido en los últimos años un estrechamiento aún más estricto y predecible de manera que las películas aptas para menores de 13 años tienen un molde comercial que las homologa de una forma un tanto rutinaria.

Por ello, la película original, vista hoy en día, es aún un espectáculo intenso que sorprende con algunos momentos que quizá hoy no pasarían el filtro. El proceso de reboot de la franquicia, con Colin Trevorrow como cabeza visible, significó un cambio de tono no demasiado perceptible pero perfectamente reconocible: si en la original aún se notaban los trazos de quien había modelado el terror animal de los setenta, en ‘Jurassic World’ primaban las set pieces de acción cortadas a medida de la propuesta multisalas actual. Efectividad y entretenimiento horneado con CGI y disposición aventurera tan intrascendente como agradable. Por ello, su segunda parte, no ofrece grandes cambios apreciables salvo un cambio del timón en la dirección que coloca a un eficiente Juan Antonio Bayona al mando. Por suerte, su estilo resulta menos caramelizado de lo habitual y consigue dotar al conjunto de un interés visual ausente en la anterior.

Sin embargo, la capacidad estética del director español no logra contrarrestar el mayor escollo de esta nueva entrega. Un guión funcional y discreto que guarda lo mejor para su primera mitad. Como si fuera un nuevo reboot, esta vez de la estupenda segunda parte original, la película divide su acción en dos escenarios. Un tramo sucede en la isla, en donde las lluvias de lava y las carreras con dinosaurios de los tráilers son el espectáculo principal, junto a una secuencia con un cristal a punto de romperse que se mimetiza con el excelente “momento furgoneta” de ‘El mundo perdido: Jurassic Park’ (1997). El resto de la historia se desarrolla en una mansión, y se correspondería, de alguna manera, al criticado clímax de la de Spielberg. Solo que, si aquel era un epílogo que enfatizaba el espíritu kaiju de ‘El monstruo de tiempos remotos’ (1953), en este caso es todo un reinicio de la propia película que no retoma el pulso de sus mejores momentos hasta que llega su parte final, digna, pero algo impuntual y desvirtuada.

Porque, aunque se haya vendido esta entrega como “la más espeluznante” de la saga, se puede afirmar que las dos soluciones plásticas más compatibles con el cine de terror se encuentran en los cinco primeros y últimos minutos de película. En el prólogo tenemos una reproducción del ambiente de la noche lluviosa de la primera entrega, lo cual deja entrever uno de los mayores puntos flacos de la propuesta. Por si no se notara que a Bayona le gusta Spielberg, el director emula momentos arquetípicos de la saga sin aportar ni siquiera una mirada de admiración autoconsciente, llegando a lo irritante en momentos como cuando los protagonistas observan pterodáctilos al atardecer por la ventanilla o el enésimo encuentro con un brontosaurio, con el mismo ritual de música grandilocuente, miradas hacia arriba y bocas abiertas de las otras veinticuatro películas anteriores. Momentos impostados que restan impacto emocional a otros mucho más conseguidos, como la contemplación de los momentos finales de la isla desde el barco.

Se nota demasiado que el libreto está construido a base de momentos y escenas que se quieren rodar sí o sí, engarzados en una trama que no fluye de forma orgánica. El tramo del barco y la mansión configuran un segundo acto larguísimo que se entretiene en algunas subtramas bastante arbitrarias y que nunca logran engancharse correctamente con la principal. La necesidad de meter una niña y algunos elementos góticos se percibe como una manguera a presión sobre un cubo demasiado pequeño. Clonaciones ex machina, institutrices que desaparecen de la trama sin dejar rastro, sustos jumpscare cuando aún no hay ningún peligro aparente… incluso una reformulación a lo “Babadook, con dinosaurio” tan interesante visualmente como caprichosa y sin venir a cuento. El final reanima un poco el previsible desarrollo, pero la sensación de que la premisa y los actores (el desaprovechamiento de Chris Pratt es doloroso) daban para mucho más no se diluye una vez sales de la sala de cine.

El final, que enlazaría con la tercera parte, crea cierta esperanza, pero deja un sabor de boca a episodio de transición que podría resumirse en prólogo de la siguiente entrega, que si tuvieran agallas debería ser algo parecido a las historietas de Flesh publicadas en 2000 A.D. Además, la manera de desencadenar el epílogo enfatiza lo pueril de todo el mensaje ecologista/anticapitalista que ha ido dejando ver, pero no sorprende viniendo del guionista de El libro secreto de Henry (2017). Hay una propuesta interesante en la mezcla de elementos góticos con los aspectos de temor a la ciencia, ubicando los experimentos genéticos en una vieja mansión, como en la inquietante ‘Link’ (1986) de Richard Franklin, pero el híbrido se revela como algo más bien circunstancial. Si se toma como un tebeo de aventuras ligero, ninguno de sus defectos molesta demasiado para disfrutar un puñado de buenas escenas de acción y algunos efectos especiales mejores de lo esperado, pero tampoco son suficientes para sacudirse de encima la comodidad de lo rutinario.

Lo mejor: El prólogo y el epílogo.

Lo peor: El segundo acto.
 
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