CRÍTICA DE HARDCORE HENRY

Por Carlos Marín
 
Deberíamos hablar sobre Hardcore Henry (Ilya Naishuller, 2015) y su serio problema de actitud. Si esta película fuera una persona lo sería en forma de ruso rapado, tecnoviking y con una adicción extraordinaria a reventar farolas por la calle cual mono desencadenado. En otras palabras y bajando a tierra: es la película adrenalítica, idiota, salvaje y destructiva que muchos estaban -estábamos- pidiendo. Y eso se convierte, precisamente, en el peor de sus –nuestros- problemas.

Rodada en primera persona cual FPS se tratara, la película trata la intensa historia de Henry, un cyborg recién levantado del letargo por su mujer, una brillante científica que le ha devuelto a la vida. El problema, claro está, es cuando aparecen los malos: liderados por una especie de Steve Jobs con mortales poderes telequinéticos, secuestran a la esposa de Henry y le obligan a entrar en una espiral de hiperviolencia, persecuciones y tiroteos locos en búsqueda de su amada.

Ostia, tras ostia, tras ostia, las escenas de acción que se intercalan cada pocos minutos gritan "gameplay" por todos sus poros. Incluso su inicio, en camilla y con introducción al mundo, parecen una parodia de tutorial de primer nivel. Luego comienzan las cosas a explotar y, maldita sea, nos damos cuenta que no tenemos mando con el que controlar a su protagonista. Únicamente nos podemos sentar a ver su vida pasar, como ver a tu mejor amigo jugando al último shooter de rusos locos hiperrealista.

En lo bueno y en lo malo, es tan entretenida como sus escenas de acción y con la -poca- variación de su extrema violencia. La repetición de esquema en sus tiroteos viene salvado por la aparición de un Sharlto Copley pasadísimo de vueltas -y de, ejem, otras cosas- que intentan poner un grado de cara humana a la carnaza en forma de matón que se le pone por delante al bueno de Henry. No es hasta la espectacular secuencia de la autopista que uno no disfruta al completo de las virguerías que plantea su discurso estilístico, solo superadas por el ultraviolento y divertidísimo final.

Hay quien la verá con un trasfondo preocupante, no solo por su respiración semifacha y armamentística de macho alfa, si no también por su repelente trato de los personajes femeninos. Nada que no hayamos visto en el cine de videoclub ochentero, con Van Damme o Seagal rescatando al joven interés romántico… si no fuera por un detalle malo, maligno, malvado con ganas. Arrugar la nariz es inevitable, incluso aceptando la naturaleza teenager malote sobre la que está construida.

Misógina, estúpida, maleducada y ruidosa, Hardcore Henry sirve como entretenimiento a medias para un subgénero que, muy a pesar de sus decisiones artísticas, le han adelantado en el fondo por la derecha antes de nacer. Aún así y bien clara las intenciones, muchos disfrutarán de una película/experiencia que no debe tomarse muy en serio y en la que su terrible, terrible mensaje adolescente no se convierta en un valor a aplaudir si no algo que, simplemente, debamos aceptar que exista. Rusia, qué loca eres.

Lo mejor: la espectacular secuencia de la autopista y su última set-piece.

Lo peor: es tonta y, como el peor videojuego del mercado, moralmente peligrosa.
 
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