CRÍTICA DE I AM A HERO

Por Carlos Marín
 
Antes de revelarse como la perfecta aspirina contra ese dolor de cabeza llamado Guerra Mundial Z, la japonesa I Am a Hero se permite el lujo de hablar del fracaso como momento actual de vida. En un plano más terrible que el de cualquier zombi bizco, vemos un panel llene de notas con frases motivadoras. Están encima del despacho del protagonista, un mangaka fracasado que apenas puede sobresalir entre la inmensa competencia y al que su novia le deja en la puerta con una contundente definición: eres TAN normal. Pocos minutos después esa misma novia intentará arrancarle la mano a bocados por culpa de un virus zombi, pero la semilla ya está inculcada.

El fracaso del héroe es el tema de un blockbuster de los que solo se pueden hacer en japón: largo, hiperviolento y con una calidad de Clase A para ser estrenado en multisalas. No hay momento de duda para evitar la sangre y las tripas, claro que no, pero es que tampoco lo hay para hacer una persecución en mitad de la autopista con coches chocando y accidentes de por medio. El plano medio secuencia que se montan al principio del brote rivaliza contra otros que solo meten dinero, humo y cámara temblando sin ningún sentido. Es toda una sorpresa encontrarse con fórmulas tan bizarras, que aunque parezcan lógicas, nuestro cerebro es incapaz de conectar debido a su crianza Hollywoodiense.

La naturaleza de sus retornados (o ZNQ, como aquí se llaman) son una ultraevolución de algo con lo que ya coqueteaba Romero en Dawn y Day of the Dead: el eco de la vida pasada. Repiten acciones de su vida pasa e incluso hablan para expresar la metáfora de "ya estábamos muetos" en un contexto como el de la sociedad nipona, muy marcada por los roles, el consumismo y la competencia feroz entre clases. Por eso es tan potente que su protagonista sea un perdedor y, al mismo tiempo, es acertado que tarde tanto en convertirse en ese héroe que proclama el título.

Siempre que puede este Hideo que se escribe como Hiro se esconde, no actúa, huye del conflicto. Es un cobarde de cabo a rabo y un tipo que solo es grande en su imaginación. De cómo alarga esto al extremo final y lo hace una virtud, sin que se resienta ni la película ni nuestra simpatía por él, es de pura capacidad rítmica y apoyo en unos secundarios que bailan, cambian y no paran de introducir conceptos. Incluso en ese parón que sufre en el midpoint para convertirse en una especie de Dead Rising, el film consigue remontarlo con ideas brillantes sobre un concepto ya resobado como es el de los supervivientes a un brote zombie.

Desconozco hasta qué punto el manga original es responsable de todos sus aciertos, pero I Am a Hero es una película con armazón de blockbuster y corazón de Serie B. La verdadera llegada al más alto nivel de un subgénero tan underground como es el del muerto viviente, síntomas que ya vemos en un par de series grandes de televisión líderes de audiencia y que en el cine, de nuevo, Japón ha vuelto a adelantar por la derecha. La versión buena de Guerra Mundial Z se titula I Am a Hero, la odisea de un cobarde, feo, tío de la media que no necesita ser un experto en epidemias-padre de familia-héroe de acción para ganarnos el corazón, para siempre. Bueno, quizás la escopeta ayude.

Lo mejor: sus brutales escenas de acción, repletas de gore y conceptos de clase A.

Lo peor: el parón que sufre en su midpoint es demasiado duro.
 
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