CRÍTICA DE POWER RANGERS

Por Manuel Mañero
 
De los últimas versiones con las que el sistema ha machacado la inteligencia de la gente con recuerdos que merece la pena conservar, sin duda ésta de Power Rangers (20 años después de la última aparición en gran pantalla) es una de las que mejor -y debatiremos si no la que mejor- ha interpretado lo de echar la vista atrás. El reboot de Dean Israelite, quien se lanzara en solitario con la infame por compleja ‘Project Almanac’ dos años atrás, es una interpretación inteligentísima de la memoria: una película sin pretensión alguna y con una altura técnica importante, pese a cuestionables vacíos de guion que cuesta pasar por alto. Simplificando: una edición para la juventud actual y no para la juventud de hace treinta años, que también, pero menos. Los guiños a la serie e incluso las películas de los 90 están contados y medidos de maravilla en esta edición descarada, diferente y aún así extrañamente fiel a la original. Israelite se recrea en muchas escenas rodadas a muy diferentes velocidades donde vacía su pletórica creatividad, algo que agradecerá enormemente una camada descreída e inmunizada a los efectos.

Incluso para quienes por aquella época preferíamos otro tipo de entretenimiento frente al televisor, estos Power Rangers están llamados a triunfar por su entrañable y decidida selección en un conjunto que ellos moldean. Superan la condescendencia habitual para con los nostálgicos redomados de la penúltima generación para encontrar en los compradores de ahora una carnaza con recorrido. Y esta es una jugada maestra: perdemos tanto tiempo en echar de menos que se nos olvida, demasiado a menudo, construir sobre lo que sigue ocurriendo. La naturalidad con la que Israelite, por ejemplo, trata tabúes modernos entre sus jóvenes superhéroes -que reniegan siempre de este apelativo durante la cinta- da una medida de cuánto bien puede hacer una idea sin tantas adversativas, astericos ni filtros envejecidos. Qué bien le puede sentar a un clásico, si se quiere, que se le reinterprete sobre este mundo de hoy y no sobre el mundo que nos hubiera gustado que fuera hace treinta años, y que por suerte unos han dejado atrás y por desgracia muchos siguen llevando a cuestas. Allá ellos.

Los chavales están espléndidos. Es de justicia que alguno cojee, claro, sobre todo en un grupo donde hay designado por activa un líder desde el minuto uno; pero el protagonismo que acarrean sus secuaces prospera de principio a fin incluso en las escenas menos resueltas o los momentos más propicios a la cabezadita, que los hay. Esta coherencia para con el equipo, en el que se suceden los momentos de relevancia narrativa, también es razonablemente nueva: nos hemos acostumbrado al guaperas que arrastra, con mejor o peor suerte, una turba de borregos bienpagados al unísono. Pero estos Power Rangers del siglo XXI son, además de convincentes, independientes. Con recorrido sobre todo en pequeñas producciones y series de televisión, el reparto mantiene un nivel aceptable sobre las escenas exigentes, algo a considerar cuando se pone tanto empeño en el trabajo visual. Su amplitud de miras la hace una película disfrutable a secas, que nadie se lleve a engaños: es su intención manifiesta de caer bien y redimensionar la crítica lo que la hace destacar por el momento.

Lo mejor: Es una película trabajada, valiente y enviada a una generación que puede recibir mejor a los chicos normales con problemas de instituto que a las megaestrellas del tenebroso planeta cómic. Hay dos momentos icónicos antes del desenlace, banda sonora y efectos incluidos. La acción, espectacular.

Lo Peor: Tramos de diálogos enredados, agujeros sin rellenar entre escena y escena, una villana algo lenta para llevar tanto tiempo sedienta de maldad y lo de casi siempre a estas alturas: innecesariamente larga.
 
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