CRÍTICA DE MÚLTIPLE

Por Carlos Marín
 
Múltiple (Split, M. Night Shyamalan, 2016) es un esfuerzo titánico de tres tipos que no solo se dejan la piel por ti y por mí, ansiosos y exigentes espectadores, si no por una película que bien se lo merece: director -Shyamalan-, productor -Blum- y protagonista -McAvoy- bailan la danza del suspense en un film que, siguiendo el sendero de La Visita (The Visit, M. Night Shyamalan, 2015), mueve la carrera de su realizador hacia terrenos menos pretenciosos pero, para algunos, mucho más satisfactorios. Un thriller semiembotellado a prueba de risas que convierte su -disparatado- argumento en una paranoica espiral de malrollismo marca de la casa.

La base narrativa, como bien sienta el canon Shyamaliano, parte de los lugares comunes -un centro comercial- para, a través de una pesadilla contemporánea -el secuestro de tres adolescentes por parte de un desconocido- entrar de lleno en el género más puro: en este caso, el secuestrador misterioso tiene un trastorno psicológico que divide su mente en veintitrés personalidades distintas. El por qué están las chicas encerradas y el poco tiempo que les queda parece tener relación con algún tipo de ritual, relacionado con un ser extraño que las personalidades del secuestrador llaman "La Bestia". A partir de aquí solo quedan dos objetivos: el de ellas, ESCAPAR; el tuyo, DISFRUTAR del juego preparado cual camino de dulces por el bosque.

James McAvoy, que sabe muy bien dónde está y que le importa poco el riesgo, se carga a las espaldas un múltiple -jeje- conjunto de personalidades a las que lleva al límite, pero límite, límite, que separa lo genial de lo absurdo. El niño pequeño que podría ser un adulto sobreactuado es un niño cabrón adorable; la señora beata inquieta como una madrastra de cuento; el serio hombre recto y gafas redondas tensa el aire de la habitación y el adorable diseñador de moda Barry es capaz de robarte el corazón. Todo en un sólo hombre comiéndose la pantalla cada vez que aparece y cuya hiperactividad debe ser contrarrestada por una Anya Taylor-Joy que, al contrario de su excepcional interpretación en La Bruja (The VVitch, Robert Eggers, 2015), da su brazo a torcer por el bien de la película. El rol de víctima traumatizada pero con cabeza no destaca en una cinta llena de ideas tan excéntricas, pero es el vínculo con la realidad que Shyamalan necesita y esta futura estrella demuestra su potencial inmolándose por su director.

Los excesos de Shyamalan en dirección, en ocasiones autista, en ocasiones demasiado pendiente de hacer flotar la cámara, se maquillan en una fotografía y un diseño de producción que no se priva de dar textura a la imagen. Casi transmitiendo lo consciente de su lugar en la industria actual, Shyamalan da un paso atrás y deja que la historia fluya a través de su equipo. El que firma es casi un fan teenager de su cine y de sus maneras, capaces de generar cuatro obras maestras seguidas en su filmografía, pero agradece lo bien que le sienta al bueno de M. Night volver a empatizar con un público mucho más amplio. Es suspense, suspense del bueno, y coquetea mucho más con el terror que en otros ejercicios anteriores más claras. Shyamalan es un director visual, con poco miedo a mostrar su egocentrismo, pero que ha llegado a una etapa en su carrera donde tampoco le da miedo a reírse de sí mismo: ya sea en la estructura y los detalles de su guión como llamándose gordo a sí mismo en pantalla. Sin ser su etapa más brillante, parecemos tenerle en un estado de forma admirable y con el que poder rebozarnos en películas pequeñas tan interesantes como ésta o su cinta anterior.

Apunta bien el blanco y acierta de nuevo, Múltiple es un notable ejercicio de autor que en su base no lo es en absoluto y cuyo único objetivo es involucrar a la gente en la fiesta del cine. Terror, suspense y misterio unificados por esquemas clásicos pero siempre jugando por las tangentes, demostrando que el genio no está en el que inventa algo nuevo si no en el que lo mira desde una perspectiva diferente. Si sigue este nuevo impulso, M. Night Shyamalan no solo confirmaría que nunca nos abandonó, si no que puede darnos muchas más alegrías gracias a la reconciliación con el que, parecía, se había convertido su némesis: el público. A disfrutarla.

Lo mejor: lo en forma que está Shyamalan y el trabajo inigualable de McAvoy.

Lo peor: como viene siendo habitual en su filmografía, ciertos problemas de verosimilitud con su universo.
 
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