CRÍTICA DE INSIDE

Por Carlos Marín
 
En plena peripecia sangrienta, la psicópata de Inside (M.A. Vivas, 2016) toma una decisión a la hora de escoger su arma blanca que parece trivial, pero para nada lo es: desechar unas tijeras enormes por un cuchillo de cocina capaz de cortar medio cochinillo. Es decir, con ojos analíticos y apuntando al metalenguaje, se crea con este gesto una división entre aquella original francesa -cuyas tijeras son parte esencial de la trama- y esta versión angloparlante, un thriller de alto voltaje que evita repetir jugada y decide, con sabio acierto, girar el volante hacia las carreteras del suspense.

El punto de partida, sí, es el mismo: tras un accidente de coche en el que pierde a su marido, una joven embarazada se encuentra pasando la Nochebuena sola en casa, a pocos días de dar a luz. La pesadilla comienza cuando una desconocida se presenta en casa dispuesta a llevarse al bebé, de la manera que sea, incluyendo manchar las paredes con unos cuantos litros de sangre si es necesario. La fragilidad de su protagonista es la base de una pirámide que funciona, de cojones, en cada golpe, tropiezo y ataque recibido. El viaje, al igual que el magnífico precedente de Secuestrados (M.A. Vivas, 2010), es instintivo por el agarre a la vida no solo del personaje, si no del bebé que lleva en sus entrañas.

Pirámide de víctima, bebé y atacante, esta última más que antagonista coprotagonizada, auténtica Terminatrix semihumana que hace de motor a la trama sin caer en senderos simples. Se arriesga, movida por un guión menos salvaje y más psicológico, a utilizar un motivo, arco y camino que casi monopoliza atención debido a un atractivo singular. Más que un asesino en las sombras, esta mujer tiene un plan que se tuerce y en el que tiene que improvisar continuamente para salir del atolladero. Se atreven sus responsables incluso a darle momentos de puro suspense en los que padece, en un extraño cambio de roles, como víctima de la famosa ironía dramática -en este caso, la recurrente escena de la policía en casa.

El pulso de esta narrativa viene de nuevo firmada por el ojo de Miguel Ángel Vivas, que aunque vuelve a los terrenos del "home invasion", no recurre a los planos secuencia -maravilloso- de su quizás película más famosa. Cuando llega su midpoint y la película decide volar lejos de su predecesora, Vivas se crece y reinventa el lenguaje de Inside en un juego de travellings, steadycams y lugares nuevos por los que estrujar, retorcer y tirar por los suelos a sus protagonistas. Su labor reduce el conflicto a este dúo depredador/víctima en la más pura intimidad, rodeadas por una metáfora visual eficiente y, hacia su final, sorprendentemente delicada.

La salvajada en la que se basa es solo un lienzo por el que el guión, co-escrito a cuatro manos entre Vivas y la dupla Manu Díaz & Jaume Balagueró, trabaja para dar un paquete nuevo sobre el mismo regalo; a saber, preñada en baño esperando a ser practicada una cesárea de "urgencia" por psicópata peligrosa. Un juego de gato y ratón que no por repetir esquemas deja de ser menos divertido, y no por aportar cosas nuevas desmerece su molde base. Una película disfrutable, sencilla y sincera. Que nadie se sienta culpable de pasárselo bien, pasándoselo un poco mal. Para eso esta el género; para eso está Inside.

Lo mejor: que se atreva a viajar por sí misma.

Lo peor: algunos sacrificios en coherencia de personajes para avanzar su trama.

 
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