CRÍTICA DE ANNABELLE CREATION

Por Carlos Marín
 
El problema y virtud de Annabelle: Creation es el mismo: que ya la hemos visto. La vuelta descarada al Wanverso es un despropósito de trama y personajes como excusa para la buena dosis de jumpscares, ojos que miran en la oscuridad y clímax de tren de la bruja. Al igual que Marvel, la factoría que salió de Expediente Warren mantiene sus estándares y contenido, apropiándose de una marca propia y explotación del modelo de franquicia que parece haber sido instalado en nuestro tiempo: el universo cinematográfico.

Volvamos a los orígenes. Tal y como su título sugiere, Annabelle: Creation profundiza sobre los inicios de la muñeca malroller por excelencia, viajando treinta años atrás en el tiempo a la granja del artesano juguetero que la fabricó. Un hombre al que le sobrecoge la tragedia cuando su dulce hija Annabelle es atropellada frente a sus propios ojos. Doce años después un grupo de huérfanas vienen a vivir en la granja familiar, suceso que revivirá el secreto que rodea a la misteriosa muñeca con nombre de niña fallecida. Con demoniacos resultados.

David F. Sandberg, el tipo que acojonó a medio mundo con el cortometraje Lights Out, ficha por la franquicia cual mercenario del terror. Absorbe las reglas que marcó en piedra James Wan y las repasa una a una sin cortarse: planos secuencia para revelar el espacio principal, criaturas de ojos brillantes en el margen del cuadro o largas (y la verdad, eficientes) set-pieces de terror huyendo del mal en cuestión. Lista de la compra que, hasta el momento, sigue funcionando a la perfección como disipador de defectos para evitar el mal sabor de boca.

Se agradece el intento de dotar a los personajes de un espectro más amplio que el de “pareja con poltergeist en casa”, pero, al final del día, vuelve a caer en la sosería más inocua salvada por un horror que está en la cresta de la ola. Ni siquiera el exceso de monstruos del arsenal (el espantapájaros es casi gota que colma el vaso) sirve para romper la solvente química que los entes demoniacos dan en pantalla. Va a funcionar porque en sí, funciona. Añádele los guiños, alguno más sutil que otro, al resto de entregas de su universo y ya tienes a tu público fiel.

Superior a la bastante más torpe Annabelle, esta secuela-precuela-spinofff es un eficiente ejercicio de terror multisala, con pocas pretensiones más allá de pelarte los bolsillos con el precio de la entrada y sacudirte un poco en la butaca a golpe de Satán. La marca original sigue siendo la buena, la excelente y la propulsora. Cuando se le pueda acabar la gasolina a sus hijas será algo que veremos en las posteriores versiones de monjas, Crooked Mans y, quién sabe, cualquier otro bicho que pasara por ahí y quiera reclamar nuestra atención en solitario.

Lo mejor: sus set-pieces de terror, funcionales pero bien cargadas de momentos creepy.

Lo peor: ya la hemos visto antes.
 
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