CRÍTICA DE NUNCA DIGAS SU NOMBRE

Por Pablo S.Pastor
 
Hay pocas cosas más admirables en el género de terror que una película tratando de crear su propio villano icónico o criatura lo suficientemente espeluznante como para ser recordada junto a gente como Ghostface, Freddy Krueger o Michael Myers. En los últimos años, los fans del terror hemos visto algunos intentos exitosos de crear equivalentes modernos a esas películas en cintas como The Conjuring, Insidious, It Follows, e incluso No Respires.

En Nunca digas su nombre conocemos a Bye Bye Man, el último intento de introducir un personaje como icono del terror en el léxico de la cultura pop, una fuerza psicológica maligna cuyo poder crece a medida que piensas su nombre o lo dices en voz alta. Con una secuencia de apertura bastante digna en forma de flashback en la que nos mete de lleno en una masacre en plena década de los sesenta, en ella vemos a un periodista escopeta en mano matando a una serie de vecinos, todo bajo la influencia de este maligno ser, demostrando que no estamos ante un típico fantasma, si no más bien ante una fuerza legítima de la naturaleza cuyos poderes sobre sus víctimas son tan horribles que estos se ven obligados a hacer cosas inhumanas para tratar de detener la propagación de su influencia.

Por desgracia la mitología detrás del personaje, que viene cada vez que escuchas el sonido de un tren o ves unas monedas de oro caer al suelo, no es plenamente explorado ni explotado en ningún momento. Además, sus trucos y poderes no llegan a ir más allá de tener poderes alucinatorios sobre sus víctimas, por no hablar de esa especie de perro demonio que lo acompaña y sus efectos de CGI, que bien podrían haber salido de una película barata de Resident Evil, alejándose del terror psicológico que Nunca digas su nombre está tratando de vender. Lo que sigue a esa secuencia de apertura es aún más decepcionante, como la película corta de repente con la actualidad y presenta de golpe a su trío protagonista (y víctimas potenciales), un grupo de amigos de la universidad que se trasladan a una casa fuera del campus por primera vez. Los tres, interpretados por Douglas Smith, Lucien Laviscount y Cressida Bonas, representan el típico estereotipo de película de terror con los que no consigues simpatizar en ningún momento.

Hay partes en que la cinta se acerca más al melodrama que al terror y nos hace difícil conectar con un trío protagonista cuyas acciones y diálogos tienen poco o ningún sentido. Además, el hecho de compartir pantalla con veteranas como Carrie Anne Moss o Faye Dunaway les hace un flaco favor a los sobre actuados jóvenes. Si bien la directora Stacy Title tiene momentos prometedores en algunas de las secuencias de la película (sobre todo cuando usa la cámara para mostrar algunas de las habitaciones de la casa central de la película), mostrando que "Nunca Digas su Nombre" podría haber sido una verdadera y espeluznante película de terror al más puro estilo casas encantadas. Sin embargo en otros pierde el sentido mostrándonos una especie de misterio cualquiera mezclado con secuencias unidas con alfileres. La cinta roba elementos y técnicas de otras películas de terror pero no aporta nada nuevo y único a estas y sobre todo olvida la regla más importante que existe cuando tratas de hacer que un nuevo villano sea icónico, y es que, por encima de todo, debe ser aterrador, cosa que Bye Bye Man no logra ser en ningún momento.

Lo Mejor: Su secuencia inicial.

Lo Peor: Que no explote del todo a Bye Bye Man.
 
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