CRÍTICA DE LA MONJA

Por Jorge Loser
 
En la película italiana Terror en el convento (1980) un cura llegaba a un convento, en el que una monja había muerto en extrañas circunstancias, para investigar la desaparición y los disturbios de la paz en el lugar sagrado. Pronto descubríamos que la trama ocultaba posesiones, asesinatos, rituales y extraños fenómenos paranormales que concluían con un disparatado muestrario de escenas de terror inconexas y exageradas. El guión era del artífice de Troll 2 (1990), por lo que pueden imaginar el delirio de babas y actuaciones pasadas de vueltas sin barrera. Es curioso que la premisa de La Monja comience de forma no muy diferente y, aunque es una propuesta alejada de lo que Bruno Mattei ofrecía en su cóctel de monjas homicidas, acabe siendo un largometraje igual de alocado y falto de una lógica tradicional.

Hay muchos elementos que hacen que la nueva película del Universo Warren deje entrever una decadencia de la fórmula evidente. El factor sorpresa de las dos entregas de James Wan ya va cogiendo solera y el primer síntoma de la falta del jefazo por la zona de trabajo es que ninguno de sus sustitutos logra convertir el noble arte de los sustos en algo más que subidas de volumen esperables y sin el suspense previo suficiente. Esto se dejaba notar en las dos entregas de Annabelle y ahora lo revalidamos con los pobretones espantos estridentes que aguardan en la narración de los orígenes del demonio Valak. Hay sustos de volumen en cada mínima situación: cuando no los esperas, cuando los esperas y después de haber recibido otro, a modo de encadenado. Hay que decirlo claramente, el talento de Gary Dauberman como guionista es escaso, pero su baza de concebir jumpscares se está tornando predecible y agotadora.

Y es que la trama de La Monja da justito para encadenar una serie de secuencias de terror sin mucha conexión entre sí, en la que los personajes secundarios están escritos con la lógica de “chico guapo para flirtear con la actriz guapa de moda aunque interprete a una novicia”. Todo lo propuesto es puramente funcional. Los personajes son estereotipos que cumplen una mera labor de guías a través del túnel del terror en el que se convierte la película enseguida. Hay un cura exorcista con un pasado traumático (calcado del de la serie El Exorcista) y una joven religiosa que no deja de ser una versión femenina del joven aprendiz interpretado por Christian Slater en El nombre de la rosa (1986). Su presencia en el convento maldito también sigue cierta lógica detectivesca, pero Corin Hardy muestra sus intenciones desde el principio. La cinta es un encadenado de escenas de horror religioso delirantes, atmosféricas, llenas de iconografía católica corrupta y presencias paranormales que no encuentran lógica ninguna. Ni la necesitan.

Si no fuera por la dictadura del susto al que se ve expuesto el viaje, podría decirse que La Monja es la película de terror de estudio más libertina, desatada y gloriosamente surrealista del año. Puede que muchos no conecten con su desprejuiciada consecución de escenas de terror llenas de imaginería gótica pimpante, pero aquellos que tengan el paladar abierto disfrutarán de una reinterpretación de alto presupuesto de las locuras más crepusculares de Lucio Fulci y la escuela italiana. Desde la citada Terror en el convento a Demonia (1990) o Beyond Darkness (1990), en las que la coherencia interna importaba tanto como la cantidad de botes de pringue, luces azuladas y niebla de baratillo tuvieras disponible en el rodaje. Con más sobresaltos que gore, el espíritu de exploitation es francamente parecido y aunque el subterfugio de solemnidad con el que empieza puede hacer creer que se toma en serio a sí misma, la segunda mitad toma un tono aventurero con frases que se toman a pitorreo la propia santidad de los objetos sagrados.

A todo ello le sumamos un diseño de producción delicioso, lleno de cruces, niebla, sótanos y arquitectura gótica y queda una experiencia tremendamente disfrutable y más atípica de lo que puede parecer. Lo que realmente da lástima es que Hardy no haya elegido una lente con algo más de textura, puesto que la nitidez pristina de las escenas de interiores acusan el mal de muchos productos televisivos con exceso de look digital y esto, en una cinta de época acaba sacándote de la sensación cinematográfica y, ciertamente, perdiendo parte del potencial y profundidad de campo necesarios para hacer de sus estampas homenaje a la Hammer verdaderamente exuberantes. Con todo, la conexión con el universo Warren acaba siendo ingeniosa y explica de dónde sale el gran villano de Expediente Warren: el caso Enfield (2016).

Hay algo de agravio comparativo inherente a su falta de pretensiones cuando la ponemos en frente de otros trabajos de James Wan, pero La Monja se percibe como un producto sin la misma ambición y algo reiterativo, eso sí, en su concepción como terror hecho en laboratorio. Estamos en el valle de un estilo muy característico, pero si el universo de terror de New Line y Warner aspira a continuar siendo la tendencia debe plantearse un nuevo camino menos reincidente y derivativo, ya que algunos momentos comienzan a rozar el humor involuntario, a pesar del tono festivo que inunda su concepción de película-experiencia. Lo más terrorífico de todo es que el guión de la secuela de IT está en manos de Dauberman y a un año vista no se prevé una mejora en el factor de golpes de sonido, cuando la historia pide lo opuesto.

Lo mejor: La sorpresa de que la monja del título esté mucho más limitada de lo que se espera. El mal está en todas partes y sus tentáculos toman muchas formas diferentes.

Lo Peor: Su tosquedad y falta de elegancia al concluir sus set pieces de horror, la cantidad de sustos se hace caricaturesca.
 
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