CRÍTICA DE BETTER WATCH OUT

Por Carlos Marín
 
Hablar de Safe Neighbourhood (Chris Peckover, 2016) sin relevar demasiado sobre su trama es un trabajo duro, pero vale la pena que el potencial espectador la pueda disfrutar así sin complejos. Así que intentemos el ejercicio centrándonos en sus pros y sus contras a alto nivel; es decir, acusándola de divertidísima y perversa complicidad, pero apenándose por la falta de "punch" que la hubiera convertido en película imprescindible de Navidades crueles. Esa "pastilla de Avecrem" que le darían otros realizadores con más ojo para enriquecer una sucesión de momentos, a cuál más loco que el anterior, que ya sólo se pueden disfrutar en el indie de género más humilde.

Su punto de partida e incluso desarrollo lo podría firmar una copia de la Amblin videoclubera: la historia de una canguro y del adolescente al que cuida, colado hasta las trancas por ella, interrumpidos en plena Nochebuena por unos asaltantes misteriosos en lo que parece el barrio más seguro de América. Recoge por bandera el humor negro y siempre con un guiño en el ojo preparado, jugando con las expectativas y con lo que su espectador conoce, elementos propios de unos tiempos a los que dejaban a Joe Dante pasarse un poco de la ralla con la Sra. Deagle de Gremlins (Joe Dante, 1984). Incluso se atreve a homenajear directamente a una Solo en Casa (Chris Columbus, 1990) que dudo esta generación de millenials protagonista conozca. Con violentos resultados, por cierto.

La falta de verosimilitud se complementa por una subida de las apuestas dramáticas continua, metida con calzador gracias a los ecos de una sociedad -la hipócrita norteamericana- que esconde monstruos en los sitios menos esperados. También su trío -¿o cuarteto? ¿o quinteto?- protagonista ayuda dotando de esas dosis de mala baba por las que tan bien se mueven personajes sobrehormonados, completos idiotas -en el mejor sentido de la palabra- incapaces de hacer una de buenas sin que el elemento de crueldad esté siempre presente. El rol femenino cae en la joven virginal con sentido común que tan bien funciona desde... bueno, desde que el terror es terror, dejando de lado el arriesgo por la empatía más clásica. Quizás más lógica, pero ya muy recurrente a estas alturas.

No es la película que verías con tu abuela y, entre amigos -sobretodo entrando a ciegas-, puede convertirse en la "bad-feel-Christas Movie" de temporada ejemplar, aunque el caramelo se disipe tan rápido tras entrar los créditos finales. Una píldora de mala baba, violencia gamberra y humor negro capaz de adornar con algo de sana perversión el torbellino de villancicos que nos espera cada final de año. La visita al lado oscuro de los barrios seguros de los USA que todos necesitamos de vez en cuando para recordar que, en todos los lugares y en todos los nidos, crece el mal en estado más puro. Siempre con una sonrisa y el dedo corazón en pie.

Lo mejor: cada diez minutos lucha por sorprenderte.

Lo peor: el número de reinvenciones tiene un límite.
 
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