CRÍTICA DE LA DONCELLA

Por Carlos Marín
 
Park Chan-wook es de esos pocos verdaderos hijos de la grandísima que hoy en día pululan por el cine, al estilo de lo que intenta todavía David Fincher o lo que ya supuraba el maestro Sam Peckinpah a través de su filmografía: la capacidad de inquietar con violencia, erotismo, abuso de límites morales e incomodidad a un espectador acostumbrado a la dulzura de la no responsabilidad.

En ese sentido, The Handmaiden (Park Chan-wook, 2016) sigue esta ruta casi como una obligación después del via crucis que supone su paso por el mercado estadounidense, una vuelta al ruedo en forma de intenso cuento amoral que reflexiona sobre sí mismo con una sutilidad digna de, claro está, el genio que es el autor surcoreano.

Ambientada durante la anexión de Corea a Japón, cuenta como una carterista de baja estafa entra en un juego de estafas para robar la fortuna de una heredera japonesa, haciéndose pasar por su doncella y forzando un matrimonio secreto que la despoje de todos sus bienes. Pero esto es un film de Park Chan-wook y, cómo no, deben entrar el juego las capas de obsesión, sexualidad y violencia no esperadas que complicarán todas y cada una de las partes que forman su estructura hasta niveles insospechados. Todo un tira y afloja entre lo que sabemos y lo que no, moldeado en arcilla y tomando un discurso autoreflexivo sobre el erotismo y el papel del espectador en todo esto.

La virtud visual del realizador asiático está más afilado que nunca, con una cámara que encuadra con ojo divino y manifiesta el tono de cada una de sus escenas, clave para destejer el misterio que existe bajo el culebrón de mentiras y traiciones que -aparentemente- lidera su guión.

El sonido y la composición son trabajadas hasta niveles enfermizos, convirtiendo escenas como las del baño y el diente afilado en una de las secuencias más sexualmente excitantes -con mala leche, además- jamás planteada en toda su carrera. Un discurso que lleva hasta sus últimas consecuencias cuando se ve la foto de conjunto.

Rozando de nuevo la obra maestra, Park Chan-wook consigue con The Handmaiden aunar erotismo y estilo con uno de los discursos más crípticos y complejos del año. Un placer culpable, no por malo, si no porque sentirse bien viéndola es casi pecado. Fantasía masculina con mucha más mala baba de la que se ve en su superficie y la constatación de que su responsable no se debería morir nunca.

Lo mejor: el genio visual de Chan-wook y sus capas hijueputas.

Lo peor: que consigue lo que pretende.
 
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