CRÍTICA DE EL APÓSTOL

Por Carlos Marín
 
No se esconden ya secretos en el arquetipo del extraño buscando a desaparecida en lugar dominado por secta pagana. ‘The Wicker Man’ nos dejó claro que jamás puedes fiarte de un británico en una isla y la historia del cine ha decidido repetir el esquema de esta obra maestra en contadas ocasiones. ‘El Apóstol’ (Gareth Evans, 2018), en sus virtudes y defectos, no es excepción: una historia de terror con toques de misterio que, lamentablemente, no es capaz de sobresalir en un subgénero con pocas iteraciones, pero poca originalidad.

Gran Bretaña, 1905. Dan Stevens -protagonista de ‘The Guest’ o la serie ‘Legión- es Thomas, un hombre con poca fe y una misión: rescatar a su hermana de la secta que la tiene secuestrada en una isla dejada de la mano de Dios. Una misión de infiltración que le enfrentará a los horrores de una tierra maldita, protegida por un líder -el siempre estupendo Michael Sheen- que afronta su particular crisis de fe. Inicios de terror gótico -e, incluso, Lovecrafitano- que se desinflan para acabar como historia de suspense pueblerino, sazonada con toques de violencia despiadada.

Evans tropieza pero no cae, con un correcto relato cuyo pecado puede ser la cantidad de frentes en los que acaba perdiéndose. Debería ser imperdonable perder de vista a un protagonista al que hemos seguido desde el inicio más de diez minutos seguidos, pero su realizador es capaz de recuperarse del golpe gracias al buen hacer de sus actores y un par de escenas truculentas para volver a los railes. Lástima que la herida sea profunda y haga decaer un misterio bien construido, perfectamente ligado en su primera hora.

Dos subtramas que se entrelazan y se desligan, casi como los géneros que luchan entre sí para salir a la luz. Las cucharadas de puro terror -especialmente las escenas del “subsuelo” de la isla- se pegan de frente a ese drama rural que, traicionando las leyes de la ya mencionada ‘The Wicker Man’, humaniza a un pueblo que quizás no es tan devoto como uno creería al inicio. Una incoherencia tonal que desinfla esa sensación Lovecraftiana de sus excelentes primeros minutos, promesa incumplida que pasa factura con el desarrollo de todas sus tramas y subtramas.

El virtuosismo de Evans mantiene el pulso adecuado con una aproximación al gótico y a la literatura clásica de terror, pero se aleja de la excelencia vista en trabajos anteriores -incluido su segmento de ‘V/H/S 2’-. Una correcta película de género que tampoco aspira a reinventarlo, pero a la que tampoco le hubiera sentado mal pisar el acelerador un par de revoluciones más. El Apóstol, al contrario que la fe de la que se nutre, es humilde en apariencia y fondo, simplicidad que la hará simpática a un público que, quizás, necesita sin saberlo ser removido en más profundidad.

Lo mejor: ese Dan Stevens que hace de la sobreactuación un arte.

Lo peor: su desvío continuo del género que la cobija.


 
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