CRÍTICA DE A GHOST STORY

Por Carlos Marín
 
Como un rayo de melancolía que te destroza el alma. A Ghost Story es una gran película. O una obra maestra, según las variables de sensibilidad hacia la memoria, la muerte, la pérdida o el nihilismo emocional. No es una película compleja o difícil, pero sí es un viaje intenso, de premio para valientes y de una alucinante comunicación universal. La identificación básica con sus personajes, encapsulada en un enigma que, como la existencia, debe permanecer irresoluble. Solo aceptable. Vida, muerte y amor son los ingredientes que suman para una fábula a medio camino entre el cine-ensayo y ‘Toy Story 3’.

Casey Affleck y Rooney Mara son C y M respectivamente, una pareja con sus más y sus menos a punto de mudarse a un nuevo hogar. Pero la tragedia les golpea cuando C fallece en un accidente de coche frente a la casa. Eso lo convertirá al momento en un fantasma, pero nada de un monstruo en pena o un guapetón transparente; un fantasma de los de toda la vida, con sábana cubriendo todo su cuerpo y un par de agujeros en la tele como ojos. Negándose a pasar a la otra vida, el ahora mudo fantasma vagará por el hogar que su novia quería dejar, viendo con dolor como se comienza a desarrollar una vida, un mundo y una historia humana sin que él exista ya en este mundo.

La excentricidad de la obra se puede resumir en una de sus escenas más angustiosas y brillantes: la de Rooney Mara devorando una tarta a tiempo real. Mientras la cámara y el tempo de David Lowery nos pone de los nervios entramos, sin querer, en esa sensación de angustia y ansiedad por la que pasa la pérdida de los que quieres. Y con un sutil y maravilloso movimiento de cámara, transporta el punto de vista definitivo al fantasma, a esa criatura a la que seguiremos por todas partes y con la que compartiremos la más profunda apatía pasiva. Hemos visto muchas películas sobre la tragedia de la pérdida, pero pocas desde el punto de vista del que se pierde. La sorpresa es lo dramáticamente triste que es verlo desde ESE lado.

Esta película está rodada por un genio. La elección de su delicado formato, como el de una vieja fotografía, el color apagado, los cortes de música y la cámara flotante La fotografía y la dirección de la película son un ente con el que Lowery pivota sus temas principales. Tiene los santísimos incluso de parar la película para dejar paso a uno de los monólogos existencialistas más radicales vistos nunca ante cámara. Una nada sutil demostración de las inquietudes de la película, en boca de un desconocido que roba la batuta durante unos minutos para absorber los pocos atisbos de esperanza que jamás pudiéramos tener. Es, probablemente, el tercer o cuarto momento en el que se llora durante su metraje.

A ritmo del fantasmal ‘I Get Overwhelmed’ se escriben estas lineas, las que intentan representar, de veras, sin trucos o gafapantismo, lo que podría ser una de las mejores películas del año. Un triunfo estético y emocional sobre lo que nos mantiene vivos, la depresión intrínseca entre nosotros, la no vuelta atrás. De plástica perfecta y ejecución maestra, ‘A Ghost Story’ se despertará en la memoria cinéfila como un clásico desapercibido, una de esas joyas que en una realidad alternativa arrasaría en cualquier gala de premios que osara pisar. Salir de la sala sin suspirar, sentirse tocado por los intestinos y querer abrazar a aquel que quieres es una tarea imposible.

Lo mejor: su imposible habilidad para tocar puntos cardinales del ser humano.

Lo peor: por decir algo, sus primeros y episódicos minutos.
 
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