CRÍTICA DE MANDY

Por Carlos Marín
 
‘Mandy’ (Panos Cosmatos, 2018) es una obra maestra forjada en los salvajes y más antiguos hornos del infierno. Una experiencia metalúrgica, heredera de la historia del heavy-metal industrial con un Nicolas Cage en estado de pura gloria. No hay freno ni rival para un protagonista y un director que pretenden formar la película imposible, una tan extrema -a nivel conceptual, a nivel visceral- que la convierte en prácticamente una anomalía del mundo cinematográfico.

Andrea Riseborough es la Mandy del título, una artista con una sensibilidad especial, aterrada por el violento mundo que le rodea. Vive protegida por su pareja, Red (Nicolas Cage), pero ambos ignoran que sus vidas se pondrán patas arriba cuando se crucen en el camino de un grupo de hippies sanguinarios. Una secta liderada por una evocación pop de Charles Manson, impulsores de una espiral de violencia salvaje que culminará en un viaje al averno de la venganza.

Su estructura divide el lenguaje y herramientas de Cosmatos en una perfecta simetría de dos mitades. La primera, liderada por el personaje de Riesborough, es un compendio onírico sobre el miedo a la pérdida de la inocencia, un tratamiento del personaje femenino principal que plantará los frutos para lo que viene después. Esto es: su segunda mitad, el picante del plato, el rock’n roll del averno. El show de un Nicolas Cage desatado, armado y sin control alguno de su energía, transformando el lenguaje de cámara en el de una pesadilla ultraviolenta, sin vuelta atrás. Como pasar de escuchar un disco new-age a uno de death metal.

En ese sentido su director recurre a las buenas maneras de su ‘Beyond the Black Rainbow’, adoptando el género en el que decide poner el ojo -en este caso, el actioner de venganza de los 80- para transformar la serie B en puro arte plástico. Sus planos son cuadros, su diseño de sonido un péndulo de hipnosis. Es alquimia imposible. La película consigue transformar moteros extraídos de un explotaition de ‘Mad Max’ en cenobitas terroríficos; o planifica e implementa una lucha de motosierras como una performance de la Fura dels Baus. Es una nueva vuelta de tuerca al concepto post-moderno, una en la que elegir a Nicolas Cage como protagonista no es solo una cuestión comercial o de estudio, si no una herramienta más a merced de su discurso.

De diseño impecable -la banda sonora del desaparecido Jóhann Jóhannsson es, directamente, una obra magna- y de ejecución imposible, ‘Mandy’ traspasa las fronteras de su género para traducir el arte de la venganza a una explosión de color, pesadilla y fuego infernal. Una rareza destinada a la adoración de un director que no debería -y ojalá sea una afirmación errónea- tardar en desaparecer del radar. Es imposible construir una carrera con este nivel, estas intenciones, estos objetivos. Aprovechemos la ola mientras está en lo más alto. No podremos surfear este mar de lava para siempre.

Lo mejor: su lenguaje de cámara, su espectro sonoro, su música ancestral.

Lo peor: que su culto no sea suficiente para mantener la carrera de su director.
 
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