CRÍTICA DE THE PRODIGY

Por Jorge Loser
 
La buena salud del género de terror es siempre una buena noticia, pero a veces las tendencias pueden dejar también ciertas secuelas que, a primera vista, no son del todo perceptibles sin una perspectiva temporal. El inconveniente de ir tocando los subgéneros hasta sacarles todo el jugo es que parece que en las productoras se ponen de acuerdo para ir revisando nuevos filones olvidados. En el caso de The Prodigy estamos ante una resurrección en toda regla del tema del hijo con sorpresa, el niño cabrón y/o poseído. Por vicisitudes del big data o casualidades no planeadas, nos encontramos que en 2019 también tendremos la producción de James Gunn Brightburn y la irlandesa The Hole in the Ground, cada una con su particularidad distintiva.

En el caso de The Prodigy, a priori, responde a todos los tropos del subgénero. Niñito que empieza a comportarse de forma extraña, pequeños arrebatos de ira por aquí, alguna mascotilla muerta por allá y la madre preocupada que le lleva a todos los médicos y psiquiatras más prestigiosos del estado. En efecto, la película de Nicholas McCarthy no reinventa la rueda precisamente, pero sí que consigue dar una vuelta de tuerca al género de niños diabólicos con una propuesta que expone con agilidad todas sus convenciones y se aprovecha de ellas para reinventar el cliché del infante poseso de una forma elegante.

The Prodigy muestra sus cartas desde el minuto uno, con un prólogo a o Muñeco diabólico que no deja ninguna duda sobre la cuestión que se plantea en los tráilers y material promocional. Las claves se revelan desde un principio y a partir de ese momento juega con las manos limpias. No hay dudas sobre lo que le ocurre a Miles, pero lo que importa no es eso, sino lo que supone su comportamiento en su entorno y la constante intriga por saber qué es lo que busca realmente. A este respecto, el espectador siempre va un paso por delante de los personajes protagonistas en enterarse de lo que está pasando, sin embargo, su narración a golpe de puro montaje, tiene saltos de elipsis que nunca se regodean en momentos mínimamente familiares en el subgénero. Esto le da una fluidez muy determinante para el ritmo de la película, que es capaz de sobreponerse a los parámetros más predecibles de otras herederas de La Mala Semilla o La Profecía.

Además, la interpretación del joven Jackson Robert Scott borda la dualidad maligna y vulnerable de Miles, con su mirada siniestra y su capacidad de hacer creíble tanto la candidez de un niño de ocho años como la perversidad de un pequeño demonio. Si tenemos en cuenta su momento “tú también flotarás” de IT, ese crío se está convirtiendo en uno de los monstruos humanos más perversos de los últimos años y puede que desde La huérfana ningún niño ha logrado esa capacidad de alternar la malicia con la inocencia en un solo cambio de mirada. Hay algo también del tono más contenido y sobrio de cierto terror psicológico los 90, y no solo por las similitudes con El Buen Hijo, sino por la conexión con el thriller criminal que fue tendencia en esos años.

Dicho esto, no puede pasarnos por alto el ángulo de maternidad fracturada que se ha venido desarrollando a lo largo de los 2010. Una visión de la madre como víctima alejada del tratamiento santificador que tradicionalmente se ha representado en la cultura y el cine de terror ha ido desmontando en cintas como Tenemos que hablar de Kevin, Shelley, Hereditary o, sobre todo The Babadook. La película de Jennifer Kent tiene en común con The Prodigy similitudes con una de las cintas más escondidas del terror italiano, la influente Shock de Mario Bava, que además de proponer la idea de la reencarnación —como recogía asimismo Reencarnación de Johnathan Glazer— tiene momentos visuales que han recuperado muchas obras recientes. Por supuesto, el magnífico truco visual de aquella, con el niño al fondo del pasillo, que se ha convertido casi en meme de la red, repetido en Annabelle o Housewife, es copiado en esta sin ningún tipo de rubor.

En ese ángulo transversal del niño poseído, fuera de la tradición judeocristiana, podemos encontrar las mayores virtudes de la historia, llevando a cabo una sorprendente vuelta de tuerca al cine de niños malévolos con un par de sencillas modificaciones sobre el modelo, llevando a un clímax valiente y oscuro que da sentido a la celeridad con la que se han despachado ciertos pasajes arquetípicos necesarios para avanzar en las ideas y misterios que se plantean en su prólogo. Sin renunciar a ninguno de los cimientos consigue que el déjà vu omnipresente no se interponga en la narración, tensa y efectiva hasta su impactante y valiente tramo final.

Lo mejor: Su capacidad para ser incómoda y perturbadora sin recurrir a la sangre.

Lo peor: Pisa en demasiados lugares comunes hasta encarrilar su variación del subgénero.
 
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