CRÍTICA DE CLIMAX

Por Carlos Marín
 
‘Clímax’ (Gaspar Noé, 2018) no debería decepcionar a nadie. Los acérrimos seguidores del argentino instalado en Francia se encontrarán con las bondades que implican su firma: planos-secuencia inabarcables, luces estroboscópicas capaces de tumbar a un elefante y una bajada a los infiernos que borra cualquier esperanza de redención humana. Noé es cada vez más consciente de sí mismo y, usándose literalmente como marca, ofrece todo aquello que le quieren comprar sin comprometer una visión de autor tremendamente interesante.

Como rigen las buenas historias, todo comienza con una fiesta. Un grupo de bailarines salta a la pista frente a la bandera francesa en una coreografía imposible -de cuerpo y cámara-, seguida de una elegante cámara fantasma que quiere conozcamos todas sus inquietudes. Porque todo es buen rollo hasta que alguien sabotea el ponche con cantidades industriales de LSD y las máscaras sociales se deshacen como nieve en el fuego. Lo que sigue es otra coreografía: una repleta de pasillos interminables y horrores de los que se es incapaz de apartar la mirada.

Sofía Boutella encabeza un reparto de bailarines en Climax que, atrapados en una performance extrema, danzan con el ojo de Noé con una perfección terrorífica. El sentido apabullante del espacio -al que vuelve en un par de ocasiones para, ironía, no perderse -es esencial cuando seguimos los pasos del protagonista de turno. Un camino que recuerda al de ‘La máscara de la muerte roja’ de Corman, esa bacanal separada por colores en la que la clase alta, en este caso artística, se deja llevar por los más bajos instintos. Y es que, como en el cine de su autor, los códigos y sensaciones que se esconden debajo de su piel son los de una película de terror.

La autoritis se transpira en forma y mensaje -esta vez político- escondido entre las sombras de la forma que obsesionan a su director. Una bandera que ilumina la estancia, conversaciones continuas sobre el aborto y una no demasiado sutil referencia al islam en el país que, a la que te descuidas, olvidas por un deslumbrante movimiento de cámara u otra vuelta al rizo de la perversión en la trama. Tiene mucho que contar, ya sea con mensajes explícitos en pantalla o con símbolos, otra cosa es lo que parezca le pueda importar a juzgar el resultado final.

Independientemente de sus costuras ‘Clímax’ es una experiencia vibrante, de la que uno puede acabar exhausto si no entra a ella bien hidratado. Sin límites ni conciencia, el cine de Gaspar Noé es un lugar al que volver y ser violado, humillado o castigado sin piedad, un producto que en un universo paralelo sería imposible de ver financiado. Siendo conscientes de todos sus peajes, lo mejor es dejarse llevar y tener en cuenta que, a partir de los treinta, las resacas no son lo mismo.

Lo mejor: la apabullante coreografía continua entre actores y cámara.

Lo peor: que su director sea tan autoconsciente de su genio.
 
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