CRÍTICA DE LA CASA DE JACK

Por Carlos Marín
 
Lars Von Trier está loco. Esta afirmación no es ninguna novedad, pero sí una correcta definición para ‘The House That Jack Built’ (Lars Von Trier, 2018), una confesión casi de carta de suicidio en la que el realizador danés reflexiona sobre el arte, el proceso creativo y los límites que ha cruzado durante toda su carrera. Una polémica aproximación al psychokiller que guarda más, mucho más de lo que sus violentos asesinatos o sus pomposas escenas parecen esconder.

Jack (Matt Dillon) quiere resumir los sucesos más importantes de su vida a Virgilio (Bruno Ganz). Para ello utiliza una estructura de cinco incidentes y un epílogo, comenzando con el día en que “nace” como asesino en serie -utilizando un gato hidráulico, o ‘jack’ en inglés- y pasando por los crímenes que más han impactado en su “carrera”. Lo que sigue es un compendio de mal gusto y metáfora retorcida, sazonado con un sorprendente humor negro y muy poco cariño para el espectador sensible; véase la escena del campo de tiro, capaz de vetarle en Cannes otra temporadita más.

La psicopatía misógina de Von Trier parece buscar su origen en el primer incidente, aquel en el que una insoportable Uma Thurman arrastra al protagonista a iniciar la senda del crimen que merece. Jack se mancha las manos de sangre por primera vez y, sonriendo a cámara, nos indica que al fin ha encontrado su razón para existir. Su arte, cargado de muerte y dolor, está hermanado con el de la pintura renacentista o con el pianista más excéntrico del siglo XX -ambos ejemplos continuamente citados en pantalla-. La búsqueda de una obsesión que, en sus primeros compases, parece luchar por justificarse frente al amor con el que Virgilio pretende acusar a su protagonista.

Dillon está exquisito, desquiciado hasta la médula. Como en todo el cine de su realizador, el reparto parece al borde del éxtasis o del más puro agotamiento. Hay una verdad inquietante en sus miradas perdidas o en sus momentos de sufrimiento. Una evolución terrorífica hasta llegar al terrible discurso en casa de la cuarta víctima: “los hombres somos siempre los culpables… y las mujeres siempre las víctimas”. Se revelan las cartas: ¿estamos viendo a un Lars que asume su misoginia? ¿es una externalización de sus neuras sobre los límites del arte? De todas las personas a las que valdría la pena escuchar su opinión sobre la película, Björk sería sin duda la más interesante de todas.

Menos controvertida de lo vendido y con un nuevo hito en su egotrip habitual, ‘The House That Jack Built’ no puede evitar ser una genialidad construida desde el cerebro de un psicópata real, un realizador que prefiere pedir perdón que permiso y que dirige desde hace años como si su nueva película fuera también la última. Una obra de arte que no se avergüenza de serlo y un desolador viaje a la culpabilidad de un artista neurótico.

Lo mejor: la fascinante interpretación de Matt Dillon.

Lo peor: la búsqueda de la violencia extrema a veces oculta su discurso.
 
CRÍTICAS RECIENTES