CRÍTICA DE GHOSTLAND

Por Carlos Marín
 
No sé muy bien a qué juega ‘Ghostland’ (Pascal Laugier, 2018), una cinta de terror que parece tomarse demasiado en serio a sí misma mientras juega a un divertido partido con su estructura: el de mantenerte inquieto, desubicado frente al camino que pueda tomar su -excéntrica- trama. Pascal Laugier cae de nuevo en sus vicios e inquietudes, ya vistas en la genial ‘Martyrs’ o la interesante ‘El hombre de las sombras’, con una propuesta que presenta un problema hasta ahora no visto en su carrera. Las costuras, esta vez, se ven demasiado pronto.

Beth es una adolescente apasionada de H.P. Lovecraft, modelo al que aspira seguir con los relatos cortos que escribe para su madre y su hermana. La familia se muda a una vieja casa llena de muñecas y rincones oscuros, un lugar perfecto para fomentar la imaginación de la joven escritora. Pero la llegada de un inquietante camión de helados y sus dos ocupantes iniciará un camino de pesadilla en varios tiempos en el que nada es lo que parece.

Al menos tres subgéneros quieren convivir en la película de Laugier, todos ordenados en su correspondiente parte estructural: el del survival visceral -muy heredero de la nouvelle vague de terror 2000s-, el gótico de fantasmas -quizás la parte más divertida- y el drama psicológico, este último clave para desarrollar un discurso que algunos considerarán tramposo.

Esta batalla interna quiere apostar por la originalidad con su distorsión de las expectativas, removiendo lo que uno esperaría del tercer acto en un punto medio al que ya se nos ha vendido todo el pescado. Es a partir de ese momento que la película parece desinflarse, centrándose en solo uno de sus motivos y apostando por un festival de gritos algo frustrante. Incluso el único momento en que se permite volver a jugar con el espectador pincha, recayendo en una decisión de maquillaje horrendo capaz de romper cualquier tono serio por el que quiera estar apostando.

Aún con sus defectos ‘Ghostland’ es una película tremendamente entretenida, que aporta un par de trucos efectivos en sus sustos y que es capaz -sobretodo en su primera mitad- de subvertir las expectativas de sus minutos iniciales. Una película pequeña, que quiere ser más importante de lo que es y a la que sabe mal castigar cuando desde su misma concepción es tomada como un riesgo. Quizás, en el fondo, sea solo un relato de horror en el campo con el que pasar una buena tarde. Quizás, solo quizás, quedarse en eso hubiera sido suficiente.

Lo mejor: el divertido juego que propone Laugier en el desarrollo de su trama.

Lo peor: se le acaban las monedas a mitad de película y acaba volviendo a vías habituales.
 
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