CRÍTICA DE PHANTASMA V: DESOLACIÓN

Por Rubén Pajarón
 
Las largas esperas tienen sus pros y sus contras; la ilusión se nutre de tiempo, pero corre el riesgo de pesar más que la realidad si se atiborra, un sobrepeso de expectativas que le ha pasado factura a la quinta y definitiva entrega de la saga del Hombre Alto. Don Coscarelli, al que le puede la prudencia y la decencia – esos valores cuasi extintos en Hollywood, ya se había planteado poner fin a su franquicia hace años; por fandom que mueva, financiar películas de este pelaje es cosa de kamikazes, más si el dinero sale de tu bolsillo, y más si encima pierdes a la estrella principal. La muerte de Angus Scrimm en enero de 2016 fue el clavo definitivo en el ataúd de “Phantasm”; en este respecto Coscarelli se ha mostrado tajante: sin Angus no hay Hombre Alto, y sin Hombre Alto no puede haber más secuelas, precuelas, reboots ni remakes.

Ha llovido desde “Oblivion”, nada menos que dieciocho años, para que los fans podamos disfrutar de otra alocada Road Movie de Reggie y Mike tras las huellas del Hombre Alto y su séquito de vasallos monstruosos. “Ravager” es una carta de amor a la saga y a sus seguidores, escrita en papel de fumar y con tinta barata, pero una carta de amor a fin de cuentas. Vuelve la funeraria, los diapasones, el mundo rojo, las esferas, los enanos, los flashbacks caóticos, las escopetas de cuatro cañones, las realidades alternativas, los “Chicooooo”, los flirteos patéticos de Reggie… por volver, vuelven hasta Jodie y la mujer del vestido lavanda en el pellejo de los actores originales, Bill Thornbury y Kathy Lester.

Reggie Bannister calza por quinta vez las botas de un personaje escrito expresamente para él y con su mismo nombre, aunque en esta ocasión el carismático heladero guitarrista venido a héroe se hace dueño absoluto del metraje, casi podría decirse que “Ravager” es una oda a Reggie, protagonista incluso del rap que acompaña los créditos finales, con letra de Elvis Brown embutida en una inspirada revisión del tema principal de “Phantasm”. Y es que la música es la gran co-protagonista; Christopher L. Stone, quien ya compartía batuta con Fred Myrow desde “Phantasm II” (1998), pone toda la carne en el asador con la BSO de “Ravager”, que suena sin descanso de principio a fin, épica, enérgica y feroz, a la altura de las pretensiones del film, y no obstante por encima de los resultados. “Ravager” es una cinta barata, descaradamente barata; no es que las anteriores fuesen un despilfarro de medios y dinero, pero aquí supura pobreza por todos sus poros, y gran parte de la culpa la tiene el CG, que si bien trata de compensar con recreaciones apocalípticas impensables con FX prácticos, como esferas gigantes destruyendo edificios o ciudades devastadas, el acabado es decepcionante y queda muy por debajo de las cerdadas grotescas que permitían los props, el maquillaje y las maquetas. El cambio de dirección también se nota para mal. Coscarelli confió en David Hartman para cerrar la saga no por su talento como cineasta, sino por su habilidad para rodar en tiempo record y bajo mínimos. Hartman, cuya experiencia dirigiendo se resume en series de dibujos animados de Transformers, Winnie the Pooh o Astro Boy, hace alardes de una creatividad aceptable aunque lastrada por su incapacidad para ejecutarla. No es Don Coscarelli, ni de lejos.

La historia de “Ravager” es fácil de seguir si se tiene la saga fresca en la memoria o muy metida en el corazón, aunque no tan fácil de entender. Reggie no pierde la esperanza de encontrar a su amigo Mike, a quien juró proteger tras la muerte de su hermano Jodie, pese a que la búsqueda le conduce de manera inexorable, una y otra vez, a las garras de su antagonista, el Hombre Alto, quien continúa dejando a su paso un rastro de pueblos devastados. Aunque a priori comparte el mismo guion que Phantasm II, III y IV, “Ravager” consigue salir del bucle con un par de subtramas peculiares; por un lado, el Hombre Alto consigue finalmente su ansiado apocalipsis, regalando al fan un puñado de agradecidas secuencias lisérgicas de acción, muerte y destrucción; por otro, el destino de Reggie se bifurca en dos líneas paralelas con un giro dramático inesperado que recuerda, más que al personaje de “Phantasm”, al Elvis retratado por el propio Coscarelli en “Bubba Ho-Tep” (2002). Los delirios de edición, con sus hilos y sus flecos marca de la casa, siguen fragmentando el timeline de la trama principal, justificados entre paradojas espacio-temporales y multiversos que aceptan, sin llegar a los excesos de “Oblivion”, metraje reciclado y descartado de entregas anteriores, todo con el objeto de cerrar la saga con un broche de honor, dignidad y nostalgia, que si bien es aceptable, dentro del descalabro narrativo-visual, no puede entenderse como un final definitivo.
 
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