CRÍTICA DE SUSPIRIA

Por Carlos Marín
 
‘Suspiria’ (Luca Guadagnino, 2018) no es una película sutil. A través de sus símbolos y una reiteración preocupante, la película pretende hablarnos de la Europa decadente y de las nuevas generaciones, del hundimiento del comunismo como religión y del empoderamiento femenino de la sociedad. Todo esto con una atmósfera sofocante, un juego de cámaras inaudito y una voz de autor al que nadie le ha querido parar los pies en ningún momento.

El punto de partida es conocido: una joven bailarina estadounidense aterriza en el Berlín occidental de los 70 para unirse a una prestigiosa academia de danza. Una escuela que guarda decenas de secretos tras sus paredes, conectando con vetustos aquelarres de brujas y leyendas sobre tres madres -Lacrimarum, Suspiriorum y Tenebrarum- más antiguas que el mismísimo Diablo. Desapariciones y crímenes que se desarrollan a fuego lento en seis actos y un epílogo del que es complicado recuperarse.

Los espejos son la clave para desentrañar un código visual repleto de pistas -esa hoz, ese muro- sobre las intenciones de un Guadagnino al que el horror le importa más bien poco y que prefiere, pese a quién le pese, desentrañar los límites y herramientas que el género pone en sus manos. Movimientos de cámara imposibles, uso de zooms incontrolado y un montaje excéntrico que forman el equivalente a un rito de brujería en formato fílmico. Es como presenciar un código encriptado que pretende invocar al diablo.

La indomable Tilda Swinton se desdobla en diferentes sexos y edades para encarnar, de un modo u otro, al mito de la madre: la protectora, la pérfida o la instructora. Reparto afilado co-capitaneado por una Dakota Johnson capaz de aguantarle la mirada a cualquiera de las brujas protagonistas sin perder un ápice de presencia en pantalla. Todas al servicio de los momentos de danza, alineados con los -pocos- esbozos de violencia o horror que plantea su estructura.

Lamentablemente esto no será suficiente para todos, mucho menos para el fan del terror que pretendía echarse a la boca otro cuento atmosférico à la ‘Hereditary’ o ‘La Bruja’. Su elevado metraje y su hipnótico tempo solo acogerán a los que en sus primeros minutos decidan jugar al exceso, a esta danza macabra que prefiere no esconder sus defectos y mostrarse a cara descubierta como lo que es: un viaje a lo prohibido y un desafío a un género que, queramos o no, ya ha abierto la puerta a externos que quieren jugar con él.

Lo mejor: el uso de la cámara de Guadagnino y su hipnótica presencia escénica.

Lo peor: en muchos momentos es demasiado evidente.
 
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