CRÍTICA DE LOS EXTRAÑOS: CACERÍA NOCTURNA

Por Pablo S.Pastor
 
Diez años es muchísimo tiempo para sacar una secuela de una película, sobre todo si esta es de terror y ha funcionado en taquilla. La película original de 2008, ‘Los Extraños’, escrita y dirigida por Bryan Bertino, nos sorprendió mostrándonos un home invasión en un relato lento, atmosférico y un final creepy que hizo difícil que olvidásemos la película. Lo más aterrador de la película no fue la delicada realización o la gran presencia de sangre en el tercer acto, sino un momento en el clímax, mientras los protagonistas están atados, en el que el personaje de Liv Tyler pregunta a sus agresores por qué los están torturando. "Porque estabais en casa", le responden. La falta de motivación por parte de los asesinos es algo realmente aterrador, tal vez porque la naturaleza indiscriminada de la violencia nos hace sentir inseguros y quizás porque, como muchas películas de terror clásicas han demostrado, cuanto menos sabemos, más aterrador es todo.

Bertino regresa en ‘Los Extraños: Cacería Nocturna’ esta vez como coguionista, dejando el trabajo de dirección a Johannes Roberts, quien aporta un toque mucho más ochentero, rápido y estético a la realización. La cinta nos cuenta la historia de Kinsey (Bailee Madison), una adolescente rebelde que ha llevado a sus padres Cindy (Christina Hendricks) y Mike (Martin Henderson), demasiado lejos y estos han decidido tomar una medida drástica enviándola a un internado. Antes de esto, la familia, junto con su otro hijo, Luke (Lewis Pullman), deciden tomarse unas breves vacaciones para aprovechar al máximo su tiempo como cuarteto. Para ello se dirigen a un parque de caravanas apartado y en cuestión de horas su escapada pacífica se ve interrumpida por un golpe en la puerta.

Cualquiera que recuerde lo que sucedió después de ese fatal golpe en la primera película tendrá una idea bastante clara de lo que está por venir y si es una experiencia que quiere repetir, sobre todo porque, a diferencia de otras franquicias sobreexplotadas hasta el punto de ruptura, esta secuela repite la trama de la primera sin mayor profundidad, lo que significa que, como película, tiene que funcionar como un motor, principalmente, para asustarnos.

Hay bastantes diferencias respecto a su predecesora, para empezar esta comienza con un prólogo al más puro estilo ‘Viernes 13’ y Roberts muestra una destreza reconfortante desde el primer fotograma, alejándose de la secuela barata que uno podría esperar y regalándonos una estética más pulida que en la original. Puede sonar raro, pero la cinta está bien iluminada, algo que no se puede decir de muchas otras películas de terror, y Roberts se esfuerza en escenificar las secuencias clave de la película con un gusto exquisito. La pega es que no tiene mucho con lo que trabajar y lo que la película no logra hacer es llenarnos del mismo temor que hizo que su predecesora. Desde 2008, el terror se ha vuelto más rentable, un elemento básico de los viernes por la noche en taquilla, y mientras que a la original se le permitía un ritmo paciente, la secuela se adapta a un público más joven y sediento de sangre.

La violencia comienza antes, hay más sobresaltos baratos y los personajes toman bastantes decisiones extrañas que a nadie parece importarle. Una vez asumes esto, debemos reconocer que se trata de una secuela divertida, llena de temazos de los ochenta y con mucha mala leche. Un homenaje nostálgico a los slashers ochenteros con algún que otro guiño a películas de Carpenter o Hopper y un climax frenético con varios momentazos únicos que nos hicieron botar en la butaca como auténticos niños. En definitiva, una secuela decente y divertida a la par que olvidable.

Lo mejor: su estética y los momentos finales.

Lo peor: las decisiones de sus personajes
 
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