CRÍTICA DE LA PIEL FRÍA

Por Rubén Pajarón
 
Son muchos los modelos de adaptación literaria que encontramos a lo largo y ancho de la historia del cine, aunque si atendemos a su génesis, la lista podría simplificarse en dos tipos de adaptaciones: las que se hacen con el corazón, y las que se hacen con una hoja de cálculo. No siempre es blanco o negro, ni de hecho, es conveniente que lo sea; encontrar el equilibrio entre el interés personal y el comercial por la obra que se adapta suele ser la clave de un buen resultado. El primer contacto de Gens con el bestseller de Albert Sánchez Piñol se produjo hace ocho años, de lector a escritor, sin contratos sobre la mesa. Para cuando le llegó la oferta de trasladar “La piel fría” a la pantalla, meses después, el francés ya contaba con su propia plantilla, una recreación mental de la historia libre de las tiranteces y restricciones propias de una preproducción, con anotaciones personales en los márgenes de su imaginación. Le había fascinado la novela: el cóctel de amor y terror, la mirada antropológica del autor, su destreza proyectándola en un cuento de misterio y aventuras. La propuesta le vino de perlas. Sabía lo que quería y cómo lo quería, y con esa confianza se sentó tranquilo a negociar las condiciones.

Aunque “La piel fría” difiere en textura y pigmentación de los trabajos previos de Xavier Gens, a nivel subcutáneo comparte buena parte de su sello. Nos encontramos ante otro relato de supervivencia en entorno aislado, como en “The Divide” (2011), donde la convivencia forzada entre un grupo aún más reducido de personajes enciende la mecha de unos instintos que creían enterrados bajo el espejismo de la civilización. El mismo arco de transformación lo encontramos en su debut cinematográfico, “Frontier(s)” (2007), así como en su último trabajo, “The Crucifixion” (2017). En el cine de Gens, como en el de sus congéneres del nuevo francés extremo, la violencia ejercida contra los protagonistas acaba encontrando una réplica exponencial, cumple una función catártica, liberadora: la pérdida de humanidad es el peaje para poder reencontrarse consigo mismos.

Harto de los horrores del mundo civilizado, un exsoldado irlandés acepta confinarse en una isla durante un año para realizar estudios meteorológicos. No tarda en encontrar motivos para arrepentirse: el oficial atmosférico al que debía relevar ha desaparecido, y su único contacto en la isla es un hombre huraño y mezquino que responde al nombre de Gruner. La cordura de Friend, como Gruner bautiza al recién llegado, se desmorona la primera noche, en cuanto es atacado por una horda de monstruos anfibios.

Las reminiscencias a la ficción lovecraftiana, vengan del contexto histórico (principios del s.XX), del escenario o del bestiario, se desvanecen como los efluvios volcánicos de la isla bajo el peso de una identidad sólida. “La piel fría” no necesita más referentes que su propia novela para definirse y defenderse. Ambientación, caracterizaciones, diálogos, cada detalle volcado en la pantalla transparenta la importancia que Gens ha querido conceder a la fidelidad con el texto de partida. El propio Albert Sánchez Piñol fue consultado en varias ocasiones para contar con su aprobación. Esto no quita que se hayan suprimido partes, e incluso capítulos enteros; por suerte o por desgracia, el libro puede permitirse el lujo de retratar el desgaste físico y mental de Friend casi en tiempo real, un hándicap que Gens elude con agradecidas elipsis temporales. La sensación de estancamiento y abandono es atajada con creces en la atmósfera que nutre cada plano, una puesta en escena a caballo entre lo paradisiaco y lo pesadillesco, con influencia manifiesta en las pinturas de Caspar David Friedrich. Lo poético, lo lírico, gana peso en la cinta a medida que la melancolía desgarra por dentro a ambos personajes, afectándoles de distinto modo, reaccionado a ella de distinto modo. La voz en off apenas se toma descansos: citas de Keats o Nietzsche redundan en el nihilismo de un tropel de monólogos interiores extirpados coma por coma de la novela. Atrincherado en el faro para repeler el incesante asedio de los monstruos, Friend se acaba viendo reflejado en el abismo que contempla cada noche; su miedo a lo desconocido se bifurca en dos temores: uno hacia el mal que oculta el océano, y otro hacia el que dormita en su interior.

Técnicamente la película está a la altura de la fábula que recrea. Se aprecia el mimo depositado en todos los apartados, especialmente en la caracterización protésica de Aneris, la criatura femenina interpretada por Aura Garrido en sustitución de Elena Anaya. El ritmo, ni lento ni atropellado, se amolda a cada necesidad de la historia con precisión algorítmica. Lo mismo podría decirse de su sentido del espectáculo o del drama; peca, si se permite la crítica, de excesiva corrección y contención en todos los aspectos, que puede sonar perfecto, salvo por el riesgo implícito de asimilar dicha homogeneidad como algo frío y monocorde. Pese al continuo goteo de escenas de acción y terror, el peso de la narración descansa principalmente en los conflictos personales de los protagonistas, y en el extraño triángulo amoroso que nace del morbo, el aislamiento y la desesperación. La inmensidad de la isla no disimula la sensación de asistir a un melodrama de salón con preciosas vistas, de ahí que las interpretaciones de David Oakes y Ray Stevenson, Friend y Gruner respectivamente, resulten vitales para la inmersión y credibilidad de la historia. Detrás de la cortina del espanto hay un espacio para el amor, y es esto, en el fondo, de lo que habla “La piel fría”. Amor, amor, amor.
 
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