CRÍTICA DE SAW VIII

Por Pablo S. Pastor
 
En 2004 James Wan irrumpió en escena con una impactante sorpresa de bajo presupuesto que enfrentaba a dos desconocidos secuestrados en una ingeniosa y mortal batalla. Trece años y siete secuelas más tarde, ‘Saw’ se ha convertido en una franquicia de terror muy rentable (tiembla Freddy Krueger) y ya tardaban en traernos una nueva entrega.

Dirigida por los hermanos Spierig, esta nueva secuela nos regala más de lo mismo, no vamos a engañarnos. La película comienza como cualquier otra de la saga, en un espacio cerrado, con conejillos de indias humanos atrapados, encadenados y aterrorizados a punto de enfrentarse a las más horribles pruebas que hayan visto. La supuesta novedad reside en que Jigsaw (Tobin Bell) murió hace 10 años así que, ¿es este el trabajo de un imitador o el asesino ha conseguido poner trampas operando desde la tumba?. Mientras un surtido número de policías y forenses estudia detenidamente los cadáveres mutilados y sospechan unos de otros, este nuevo grupo de víctimas pecadoras deberán empezar a jugar para superar las pruebas de Jigsaw.

‘Saw VIII’ tiene lo que todo fan de la saga puede esperar: muertes llenas de gore, revelaciones de último minuto y giros absurdos de la trama que supuestamente nadie podría esperar, pero debemos reconocer que estamos ante una película cuyo guión es bastante básico y sus personajes bastante planos. A pesar de que podría haberse estrenado directamente al mercado doméstico, muchos disfrutarán de sus 92 minutos llenos de cortes, agujas, sierras y Jigsaw pero también es cierto que la olvidarán nada más salir del cine.

Tal vez lo más flojo de ‘Saw VIII’ es que las trampas esta vez son realmente aburridas. Al carecer de esa tendencia cómica a la vez que oscura de las películas anteriores de la saga, la mayoría de ellas parecen descartes de las anteriores, pero sin ese entretenido relativismo moral. "SAW VIII" se queda en un intento poco imaginativo de insuflar algo de vida a una saga que se resiste a morir.

Lo mejor: entretiene.

Lo peor: la sensación de déjà vu constante.
 
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