CRÍTICA DE LA NOCHE DE HALLOWEEN

Por Carlos Marín
 
Tras nueve secuelas y cuarenta años después debería resultar prácticamente imposible reinventar la rueda del clásico original, pero ‘La noche de Halloween’ (David Gordon Green, 2018) cumpla de sobras su renacimiento agarrándose a dos pilares: repetir los elementos clave y redirigir la atención hacia unos protagonistas más equilibrados. Michael Myers no es del todo la estrella en esta segunda parte en la que las final girls tienen mucho que decir.

Olvida todo lo anterior. En este universo, el único suceso relacionado con el asesino de la máscara blanca tuvo lugar en Haddonfield, la noche de Halloween de 1978. Myers sobrevivió y ahora vive recluido en un centro psiquiátrico, de nuevo en un estado de eterno autismo. Pero la llegada de dos periodistas, interesados con los famosos “asesinatos de las niñeras”, despertará el mal contenido durante cuarenta años. La única persona preparada para enfrentarse a “la forma” es Laurie Strode, única superviviente de la matanza original que ha pasado media vida entrenándose para volver a verse las caras con su enemigo.

Jamie Lee Curtis es una reencarnación de la Sarah Connor de ‘Terminator 2’, compartiendo con ésta su entrenamiento de supervivencia y la preparación militar para su primogénito -en este caso primogénita, interpretada por Judy Greer-. Tres generaciones de mujeres que acaban tomando las riendas de la trama, cada una con su peso propio en una trama que, como ya hacía la original de Carpenter, las convierte en algo más que simples cebos con los que atraer al asesino de turno. El cariño que ponen David Gordon Green y su coguionista Danny McBride en la construcción de personajes protagonistas fomenta la base de lo que debería ser un Slasher Clase A: nos importan sus personajes y nos preocupa que sean cazados por la amenaza.

No es así con el resto de personajes, que se le ofrecen a Myers en un buen buffet de idiotas a los que encerrar y acuchillar de la manera más salvaje posible. Los asesinatos vuelven a ser crudos, brutos, sin ningún tipo de piedad. Michael o “la forma” es un personaje terrorífico, aquí alejado del ente supernatural que formaba Carpenter para convertirse en algo más terrenal, sucio, monstruoso, muy deudor de la encarnación pintaba Rob Zombie en su -estupendo- remake. La mano de John Carpenter es limitada, encerrada en una genial banda sonora que añade nuevos sonidos eléctricos a los temas míticos.

Y a pesar de la sombra que proyectan sus cuatro notas en bucle, este resurgimiento de Blumhouse acierta en sucumbir a la repetición de la película original lo justo y necesario, rellenando una disfrutable primera mitad que deriva hacia algo más peculiar y curioso en su tramo final: un ejercicio metalingüístico, tanto en pantalla como en diálogo, que forma un divertido espejo con la película del 78. Planos que se repiten pero con personajes cambiados, lugares comunes (¡ese armario!) y hasta guiños a arquetipos que se repiten en boca de sus mismos protagonistas (“oh, así que usted es el nuevo [censurado por ligero spoiler]).

Quizás sus ataduras con el germen de la saga sean un peso demasiado elevado, la muestra es que no podemos hablar de ‘La noche de Halloween’ sin mencionar continuamente sus orígenes. Pero el esfuerzo del equipo por redimir una saga muerta, tocar las notas adecuadas que busca la audiencia y esforzarse por no caer en un simple reboot con nuevos actores la hacen digna receptora del éxito que le viene por delante . Una estupenda película de terror, con momentos dignos de apartar la mirada y un tramo final lejos de cualquier lugar esperado. Michael ha vuelto a casa y, nos guste más o menos, está aquí para quedarse unos cuantos años.

Lo mejor: como equilibra la repetición del éxito original con la reinvención hacia lugares nuevos.

Lo peor: su ejecución, a excepción de cierto plano secuencia, es bastante estándar.
 
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