CRÍTICA DE RESIDENT EVIL: EL CAPÍTULO FINAL

Por Sergio Tofiño
 
"Resident Evil" es de esas sagas que tal vez se hayan estirado en exceso pese a que los fans de Milla Jovovich hayan disfrutado como enanos en su lucha contra Umbrella y La Colmena.

Anderson sorprende con una película muy entretenida, muy alocada, muy explosiva y una absoluta "fantasmada Made in América". El terror de reduce a cuatro o cincos sustos a golpe de sonido durante la primera media hora para dar paso a una película frenética con un ritmo tan acelerado que no tiene ni un momento de respiro.

De nuevo con ese toque mareante de dirigir la cámara, algo que a veces peca de molesto. Y es que en las escenas de acción, el director juega tanto con el movimiento de cámara, que no da tiempo ni a entender lo que está pasando. Pero es "Resident Evil" y no hace falta buscar mucho la lógica a las cosas.

Jovovich es, en este broche final, para los zombies lo que Vin Diesel es para los coches en "Fast and Furious": una todoterreno capaz de todo y que ni siquiera su pelo ni su maquillaje se resienta tras una explosión en un edificio. La lucha final con el villano de la saga y muchas respuesta que andaban pululando por el resto de películas, conecta este desenlace directamente con la primera entrega, para dejar satisfechos a los fans de las películas. Porque, que esto es una adaptación de un videojuego, es algo que nos hicieron olvidar hace varios años.

"Resident Evil: El capítulo final" es perfecta para cerrar una saga que, como he dicho, debía haberse cerrado hace mucho. Pero más vale tarde que nunca. Y ahora, estamos un poco más preparados para el más que seguro reinicio de la saga.

Lo mejor: como película entretenida y puramente palomitera, es perfecta.

Lo peor: que la "sorpresa final" la descubras a mitad de la película.
 
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