CRÍTICA DE THE GUEST

Por Carlos Marín
 
La hiperevolución que se marca Adam Wingard en "The Guest" junto a su inseparable Simon Barrett (guionista de confianza), es de órdago; del mumblegore indie al survival con máscaras de animales ya hubo un cambio, pero este giro hacia la acción ochentena sin ningún tipo de complejos es un golpe en la mesa tan potente como para recolocarme las gafas (que no tengo) y prestar aún más atención a esta pareja.

Y mira que "Tu Eres el Siguiente" ya removía esos subgénero que tanto nos gustan, ya invocaba a los maestros y, sin reinventar nada, daba “más de lo mismo pero diferente”. Wingard se aleja del terror para acercarse a su querido, supongo, John Carpenter. No creo que esa tipografía al comenzar la película sea casual, al igual que tampoco lo creo de esos sintetizadores que inundan la banda sonora.

Hay algo en cierta escena de acción que me recuerda a la acción de "Asalto a la Comisaría del Distrito 13", con esos disparos que manchan de sangre la pantalla pero no se quedan en una hipérbole violenta como otros directores pretenden. "The Guest", dentro de su juguetería con luces y colores, no deja de hacer que sus personajes se tomen muy en serio lo que está pasando. Su sencillez además es perfecta para centrarse en un personaje central inamovible, un Terminator de carne y hueso que no duda en soltar las ostias en los momentos adecuados y los sitios perfectos para nuestro disfrute.

A ver, el giro que hicieron tras "A lonely way to die" está claro: hemos venido aquí a pasarlo bien. Y vamos que si lo pasamos bien; todos los ingredientes y botones que puede tocar dentro de su ajustado presupuesto tienen las direcciones claras, saben como atacar los puntos que no te esperas y domina como ninguna el sentido del carisma. Hay que pensar que una pieza totémica para que todo funcione es la cara que se le pone al invitado, en este caso el descubrimiento de Dan Stevens y su sonrisa que esconde más matices que el de muchos actores en toda la película.

Remueve los cimientos de un ochenterismo post-moderno tan, tan rematadamente guay que sabe como meterte en su bolsillo, The Guest es una de esas películas pequeñas de cabecera, festivalera y macarra, divertida y sin pretensiones. Su director ha crecido hacia muchas direcciones, tanto de género como de curro visual, con lo que se coloca de nuevo en una linea de crecimiento a la espera de ver si prosigue la tendencia.

Si es así, podemos estar tranquilos, porque el legado de nuestros directores de Serie B está a salvo en manos de los tándem mumblegore, unos jovenzuelos que ya no lo son tanto y que, al fin, despegan para llenar nuestra estantería de (ais) eso que llaman cine de culto. Creedme, si todavía existieran videoclubs este invitado tendría la etiqueta de “alquilado” durante semanas y correría como la pólvora el boca a boca en trabajo, institutos o universidades.

Lo mejor: el crecimiento de Wingard, su sencillez y su invitado, protagonista absoluto de la función.

Lo peor: No sé hasta qué punto es justo decir que la chicha tarda en arrancar.
 
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