CRÍTICA DE 31

Por Carlos Marín
 
Pocos ejercicios de libertad absoluta se pueden encontrar en filmografías completas, caso ajeno al de un Rob Zombie que, a pesar de tener a un estudio encima con sus Halloween(s), siempre ha sido capaz de colarse a sí mismo en actitud y tono dentro del celuloide. Es 31 (Rob Zombie, 2016) una yuxtaposición de esta situación, quizás la película más libre de su creador y, al mismo tiempo, la más sencilla, directa, visceral y rompedora. Una vuelta a los orígenes para unos fans que, a veces, olvidan la base con la que sustentó una carrera con la –aún a día de hoy- impensable La casa de los mil cadáveres (Rob Zombie, 2003).

La trama se podría escribir en una servilleta: una panda de hippies que viajan por Estados Unidos son secuestrados la noche de Halloween por unos misteriosos payasos. Al despertar se encuentran presas de un macabro juego llamado "31", donde deberán sobrevivir doce horas seguidas frente a una troupe de psicópatas que intentará acabar con sus vidas. Y punto. A coger el bate, la tubería o lo que se tenga a mano para defenderse de enanos nazis argentinos, gigantes con tutús o hermanos payasos sureños con motosierras.

¿Podría ir algo mal con esta fórmula y un tipo como Zombie al volante? Oh, por supuesto que podría ir mal. Deliberadamente mal, de hecho, y es por esto que es clave entender la dualidad que provoca la película en sus excesos. Movido por el pulso de Tsutkamoto, la acción y el montaje de 31 está pasado de revoluciones, picado al límite y, en muchas ocasiones, incapaz de contar con imágenes lo que está pasando. Está, literalmente, a otro nivel de locura visual, saltándose reglas estrictas y evocando al mundo hiperbólico que ya presentaba en su ópera prima.

De nuevo se rodea de actores de serie B o de los clásicos en su carrera y consigue, solo comparable al talento de Tarantino con su reparto, sacar oro de intérpretes de bajo nivel. Lo de Richard Brake como el villano Doom-Head es imposible de explicar, con un monólogo inicial ojo a ojo con la pantalla que establece tono y cuerpo de lo que está por venir. Unos personajes guiados por lo visceral, sin trasfondo ni futuro y que nos convierten, como espectador, en los viejos pestilentes que apuestan por quién va a morir a continuación. No es una alegoría buscada, desde luego, pero sí se ve reflejada por narices al leer el discurso sobre la violencia -fácil, demencial, divertida- que presenta la película.

Quizás no es la película que nos merezcamos, pero sí la que debía hacer su director; 31 es un cuento cañero, violento y despiadado que no quiere dar respiro más allá del que deja adentrarse en su mundo. Un mundo de payasos asesinos, amor por la violencia y paisajes barrocos del American Gothic en lo que podría definirse como “barraca de feria del horror cinematográfico”. Zombie vuelve, como siempre, para no dejar indiferente a nadie y gritar a los cuatro vientos que no hay látigo que lo dome. No os cabreéis, porque lo necesitamos en nuestras vidas. No sabéis cuanto.

Lo mejor: lo loca y revolucionada que está.

Lo peor: es su película más simple y sí, le pasa factura.
 
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