CRÍTICA DE KONG: LA ISLA CALAVERA

Por Manuel Mañero
 
El Kong que se medirá a Godzilla en tres años parece estar en forma a ojos de los adictos al palomiteo: para el resto, va a tener que sudar sangre si quiere acercarse mínimamente a lo que Kong ha sido para un puñado de generaciones desde hace décadas. Durante ‘La isla de la calavera’ opera en todo momento un runrún entre las butacas: “Esto no es Kong”. Alejado de la historia original que siempre nos han contado y de selecta frivolidad, esta segunda entrega de la cuatrilogía de MonsterVerse dibuja la presencia del gorila gigante como deidad de una isla por explotar -literalmente- que en apenas unas horas perdona la intromisión a unos humanos no tan reprobables (militares fracasados en Vietnam que habrían preferido volver a casa y científicos entregados por devoción a lo suyo, sin ápice corruptible). Su misericordia es inabarcable y acaba resolviendo la papeleta a quienes se presentaron como sus enemigos.

Pero lo peor de ‘La isla de la calavera’, y tiene unas cuantas cosas malas, no es en cambio que no respete la línea tradicional, porque para eso ya se hicieron las películas que se hicieron en su momento. Es, básicamente, una película a cámara rápida: precipita todo en dos horas y en consecuencia se deja múltiples escenas que cerrar, varias voces que explicar y sobre todo, algunos personajes que lucir. Con un reparto donde el que acaba convenciendo es, como se suponía y siempre en un papel familiar, Samuel L. Jackson -el nombre más vitoreado del fin de semana en la Muestra Syfy-, se atraviesa que los roles protagonistas asignados a Brie Larson y Tom Hiddleston les queden estrechos por incomparecencia en tramas de guión. Ni siquiera los intentos por hacer grande a John C. Reilly como anfitrión suplente de la isla mejoran esta sensación. De hecho, el personaje de Reilly matiza tanto desde su aparición la narrativa de la película que en realidad parece que la intención del director, Jordan Vogt-Roberts, fuera degradar a todos los personajes de carne y hueso del film.

El problema es que esto habría pasado por audaz si el monstruo diseñado hubiera cumplido las expectativas y liderado la función. En cambio, es sólo un gigante dolido. Todas las nuevas criaturas hábilmente dibujadas y creadas para interferir en la particularidad fantasmal de la isla, incluidos los que se presentan como verdaderos enemigos, pasan de lado frente a una dirección desbordada y en apariencia conformista. Se huele desde lejos que Vogt-Roberts planeaba más un homenaje animalista de otra altura que una entrega donde apoyar toda una franquicia, pues recordemos que para 2020 este mismo Kong se las tendrá que ver con el Godzilla de Gareth Edwards (2014) y Michael Dougherty (2019). Cualquier intención relacionada con esta continuidad se atraganta en el nudo de esta entrega, pese a que quede muy bien prevista en algunas líneas de diálogo algo obvias y apresuradas.

‘La isla de la calavera’ también tiene, en cambio, cosas que destacar y por las que celebrar: la principal, que es entretenida. Esto es, cumple su función original. Y técnicamente es un regalazo visual, aunque la fotografía parezca lanzada únicamente al recreo visual y no complete con acierto la historia que pretende llevar a cabo. Es difícil empaquetar en menos de dos horas una historia que a Peter Jackson le llevó más de tres hace una década, que es la primera pista que da esta entrega de que este Kong no es todavía tan rey como para querer llevárselo a sembrar el pánico a la ciudad. Pero pese a todo lo expuesto, diría que se salva. Y que, bien sea por decadencia o frivolidad de autor, ya hay quien espera que esta ficción se destaque a brazo partido contra (o junto a) un Godzilla que ya pone ojitos desde la distancia.

LO MEJOR: La fotografía, la música y el empeño en destacar a los secundarios

LO PEOR: Narrativa vaga y apelmazada, apuesta peculiar pero no arriesgada aun muy lejos de los Kong previos y el deslucido papel de Tom Hiddleston y particularmente Brie Larson en el film
 
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