CRÍTICA DE BLACKWOOD

Por Francis Díaz Fontán
 
El director que en su día nos brindó la claustrofóbica experiencia que fue Buried y Luces Rojas, vuelve para adentrarnos en una siniestra mansión-escuela al mando de una de las Uma Thurman más brillantes de los últimos tiempos (y eso es ya mucho decir, tratándose precisamente de Uma) en una experiencia sensorial llena de suspense en que la narración, la música, y un estimulante elemento visual tienen un gran peso, y que, tratándose de una historia protagonizada por jóvenes envueltas en una trama fantástica inusual, ha sabido huir del género Young Adult al uso, y ofrecernos una peli digna de mención.

La película cuenta la historia de cinco jóvenes americanas problemáticas que son elegidas (o más bien, condenadas) para pasar un curso en un inusual internado de corte colonial, dirigido por la misteriosa Madame Duret (Uma Thurman), en que una oscura amenaza -cuya forma tarda en materializarse- se irá haciendo más y más palpable a lo largo del metraje, y en que tanto los profesores, como la atmósfera de la propia mansión alimentan la sensación de desasosiego de la protagonista, interpretada por Annasphia Robb, una joven actriz que no ha parado de crecer, y que, a diferencia de otros actores que comenzaron su carrera de niños,ha sabido mantener en su juventud el interés que suscitó en su día como interprete infantil.

La dirección de arte es especialmente interesante, y, por muy contradictorio que parezca, aprovecha incluso la tenebrosa iluminación que a ratos nos impide saborear los detalles de la mansión, pero que a la vez nos recuerda esas estancias de antiguas casas en las que todos hemos estado, en que la luz nunca llega a ser completa, y es fácil encontrar rincones oscuros sobre los que intuir o imaginar algo misterioso. Esa sensación de que cualquier cosa puede estar moviéndose entre las sombras es constante durante la película, y es uno de los elementos sensoriales más potentes de la misma, que hace que cuando en el desenlace, la amenaza se torne más visible, se eche de menos esa sensación de amenaza desconocida del resto del metraje.

La dirección es simplemente exquisita, y la capacidad de Rodrigo Cortés y su equipo para -sin renunciar a contarnos una historia- ofrecernos una experiencia sensorial completa que va más allá de lo simplemente narrativo es el principal punto a favor.

Así, con un planteamiento creativo muy original en lo mitológico, interesante en lo dramático, y muy notable en lo técnico, Blackwood se convierte en una sorpresa muy agradable, y en una de esas pelis que, quizá sin llegar a las cotas de relevancia de otros títulos como It Follows (D.R. Mitchell, 2014), o Hereditary (Ari Aster, 2018), nos garantiza una experiencia de género más que recomendable.

Lo Mejor: Uma, consiguiendo parecer francesa con acento de influencia británica siendo americana, y consiguiendo ser buena y mala, y profunda y superficial a la vez.

Lo Peor: El desenlace, si bien lógico, bien dirigido, y muy interesante, se torna quizá demasiado explícito, más “pornográfico” y carnavalero de lo que espera uno tras un metraje lleno de sutileza y lectura entre líneas.
 
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