CRÍTICA DE STAR WARS: ROGUE ONE

Por Carlos Marín
 
Las primeras notas musicales con las que se abre el telón de Rogue One (Gareth Edwards, 2016) dan fe de lo que esta película es para con su universo/saga: una linea tangente, diferente en tono y peso, sobre una serie de películas cuyos guiños, maneras y lenguaje todos conocemos. Aunque bien podría ser un episodio extra debido al peso de los eventos, sus responsables deciden -y aciertan- en realizar un relato bélico, épico en proporciones más terrenales y casi una recreación cinematográfica de un suceso "real" en este universo: el gran punto de inflexión que cambiará sus libros de historia para siempre.

El imperio, malo ya conocido, está finalizando un arma de destrucción masiva capaz de pulverizar planetas. Pero en el centro de la tormenta aparece un rayo de luz: el arquitecto del arma ha introducido un fallo en la estructura de la denominada "Estrella de la Muerte". Solo un grupo de rebeldes, liderados de manera casual por la hija del científico, será capaz de reunir el valor necesario para conseguir los planos que aseguren la destrucción del arma. Más de cuarenta años después, el Macguffin vuelve a casa para convertirse en EL Macguffin, unos planos cuya búsqueda cambiará la manera en que veamos el inicio de Star Wars para siempre.

La idea, lejos de parecer una simple excusa para aumentar el número de películas -que en el fondo, lo es- se ejecuta con un zoom cariñoso, no falto de problemas, pero revitalizador sin caer en la, argh, nostalgia fácil. En cierto modo sirve como espejo de la séptima entrega recién estrenada: atreverse a explorar lugares no conocidos, estructuras arriesgadas y tonos alejados de la simple aventura. Sí, hay cameos y sí, algunos son gratuitos, pero es orgánico en la película y produce placer en el fan sin desequilibrar al que le importe menos. Tiene personalidad propia, con su suciedad, su tierra y su desesperada lucha por una verdad política que traspasa el viaje del héroe.

Quizás sus problemas se centran en dos focos que, en otra ocasión, serían muy graves: el carisma de sus personajes y la inconsistencia del tono. Hay una base de película casi deprimente, de depresión y poca esperanza, pero se pelea con toques de humor y falta de atrevimiento para cruzar según que fronteras con los que casi se pueden adivinar sus problemas de producción. Para defenderlos existen unos personajes con un carisma visual impresionante, pero con una personalidad y química -exceptuando al dúo Donnie Yen/Wen Jiang- que palidece ante unos rebeldes con los que deberíamos ir a muerte. Todo esto se solventa en una extraordinaria, de veras, última media hora que paga las facturas de los errores arrastrados en sus anteriores tramos; en ese tercer acto, Rogue One se descubre como la película de épica guerrera con la que ha nacido y por la que sabe luchar, a muerte, por sus ideas.

Es el spin-off que esperábamos y, aún a ciertos pasos por detrás del reinicio de la saga en manos de Abrams, una película estupenda, con un clímax tan bien ejecutado que, de ser así el resto de su metraje, nos encontraríamos con una película en el podio de su universo. Pero debemos contentarnos con lo que tenemos: una Rogue One bajo el brazo y una tranquilidad general, un respiro para todas esas demás "A Star Wars Story" que vienen por el camino y que expandirán, con nuevos enfoques y miradas, un universo cinematográfico con el que convivimos y conviviremos toda nuestra vida. Es un nuevo modelo de negocio pero Marvel, Disney y Lucas Films, de momento, parecen tenerlo controlado. May The Force Be With Us.

Lo mejor: Su apuesta por un nuevo enfoque en el universo y su último tercio, que es una auténtica gozada.

Lo peor: La química de los personajes, los problemas de tono y una partitura de Giacchino demasiado funcional.
 
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