CRÍTICA DE LA BRUJA

Por Carlos Marín
 
Cantos de sirena auguran categorías de obra maestra para The Witch, una película de terror que no comprende otra clasificación de género y que recuerda, más por sus intersecciones que otra cosa, a una pequeña pieza que muchos recordarán titulada El Resplandor. No seré yo quien la clasifique como la magna segunda venida de Cristo -o el Diablo-, pero sí que la acusaré de brujería por su interminable intensidad, su pulso de cuento devastador y su capacidad de cortar respiraciones entre el patio de butacas.

Con elegancia pasmosa acumula capas de asfixia en un entorno natural que invoca al Anticristo de Von Trier, los claroscuros de Caravaggio y la brutalidad de Goya, una joya de composición y fotografía de la que es incapaz escapar la mirada, asustada, fría, inevitable. En un pequeño juego de plano/contraplano Robert Eggers hace de la desaparición de un bebé uno de los momentos más terroríficos de los últimos años, tan incomprensible y antinatural como la Bruja a la que su familia protagonista debe afrontar todos sus pesares.

Un drama que no se posiciona sobre la crítica más clara a la religión o al modelo conservador de familia, pero que sirve de marco perfecto para marcar las pautas de destrucción en la naturaleza humana, moral, de sus personajes. Lo afilados que están sus actores, cómodos con un incomprensible vocablo del inglés del siglo XV, hace que la espiral de su espesa pero fina trama penetre como humedad en los huesos.

Pocas son las virtudes de su protagonista, la mejor parada del asunto, pero que no se quedan cortas con todos sus compañeros de reparto. Para muestra la que quizás sea la mejor escena de la película, donde la familia se reúne para rezar por la extraña enfermedad que afecta al hijo mediano; un ejercicio de terror aceleracorazones construido a base del trabajo de sus actores, la elección del encuadre y el (excelente) diseño de sonido. Imposible borrar cierta imagen, cierto monólogo; una vez visto, no se borra de los circuitos de memoria que habitan el cerebro.

De nuevo, insistir en que su relación como película de terror folk no destruye para nada su alma de ejercicio de autor. Ahí es donde une caminos con la obra maestra de Kubrick, en la que marca con fuego las mentes de dos bandos enfrentados -el fan del género, el crítico con gafas de pasta- en una comunión satánica construida a base de imaginario popular y reinterpretación medida a escuadra y cartabón. En ningún momento se insinúa o se plantea que todo forme parte de la imaginación de sus protagonistas, o que haya algún juego de doble interpretaciones: aquí hay una bruja con todas las de la ley, en su versión más pueril y terrorífica, con todos sus poderes y maldiciones a mano. Su silueta acercándose a la luz de la luna con la escoba de seguro traerá de cabeza más de una pesadilla.

The Witch -o La Bruja- es con toda facilidad la película más intensa que se ha visto en años, una brillante aproximación a nuestros terrores escondidos bajo la piel y la tradición en forma de continuo ataque a la retina. Adentrarse en sus bosques es perderse en la maestría de un joven director que, nada más salir del cascarón, ya se ha postulado como una bestia parda y una de las promesas más interesantes de nuestro género. Creed en lo que creáis cuando la pantalla se vaya a negro y hayáis soltado todo el aire acumulado de los últimos cinco minutos de la que será, con el tiempo, una película marcada a fuego en la hemeroteca del género. Sin duda, un viaje de ida sin vuelta del que es incapaz dejarse trozos de piel, mente y alma

Lo mejor: su continua sensación de devastación, capaz de arrastrarte al lado más oscuro del bosque.

Lo peor: la cocción lenta de su primera mitad, tan necesaria como peligrosa en algunos puntos.
 
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