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Crítica de "MidSommar". Un viaje a las tinieblas tan salvaje como visualmente memorable.

A menudo se encuentra el argumento recurrente de que el cine de terror es, como tal, un género en sí mismo, una presencia en la cartelera, un grupo de películas perfectamente etiquetables y comercializables. Y efectivamente, parece que para muchos espectadores y críticos es necesario que el cine de terror se autoregenere dentro de su misma piscina reutilizada y dentro de ese caldo logre encontrar sus vías de expresión. De este prejuicio que pretende acotar y limitar proviene una odiosa etiqueta que, en algunos sectores de análisis cinematográfico, se ha venido a llamando “terror elevado” para denominar a cierto tipo de películas de corte más bien independiente como Babadook, La Bruja, In Fabric y un largo etcétera que empiezan a utilizar el terror como vehículo de supuestas aspiraciones por encima de ese género. Puede que el hombre de paja más ofensivo para toda esa sección de opinión sea la magistral Hereditary, una película que supo recoger la proyección del cine independiente para remover en referentes, más utilizados o no, y ofrecer una compleja historia de posesiones que funcionaba tanto en el lado dramático como en el del horror más puro.