CRÍTICA DE PROMETHEUS

Por Rubén Pajarón
 
33 años separan los estrenos de Alien y Prometheus (1979-2012), como 33 años separan sus eventos en la ficción (2089-2122). Como diría J.J. Benítez, “¿Casualidad?…Lo dudo”, como tampoco lo es que cite al reputado ufólogo, cuyos libros de “Caballo de Troya” tratan de explicar el origen extraterrestre de Jesucristo. Sólo apostillar un dato, Jesús murió a los 33 años. ¿Habéis sentido un amago de escalofrío? Tanto sí como si no, la guinda a esta reflexión personal podréis encontrarla en ciertas insinuaciones de Ridley Scott que han corrido como la pólvora en foros y redes sociales. Que no se disparen las alarmas, son meras divagaciones desparasitadas de spoilers.

Lejos de generar confusión entre los lectores, el propósito de semejante devaneo es aclarar una cuestión más simple, general y elemental sobre la película. Para entender Prometheus es vital asumir que nada ha sido dejado al azar, que cada minúsculo detalle ha sido estudiado y sopesado durante tres largas décadas, y que cada hipotético “agujero de guión” encuentra su respuesta en grado al interés que invirtamos en buscarla.

También juzgo necesario esclarecer dos errores generalizados. Prometheus SÍ conecta con Alien, por si alguien lo dudaba, pero NO como precuela. Unidas por el background, separadas en el timeline. Lo que la tripulación de la Nostromo encuentra en el Delerict del planeta LV426 no se corresponde con el hallazgo de la Prometheus en el planeta LV223. No son correlativas ni en lugar ni en tiempo. Es más, detalles de Alien como la fosilización del Space Jockey (o su mera presencia en la cabina), la evidencia de un revientapechos (Chestburster) en su caja torácica, el salto tecnológico o la diferencia entre los Silos plantea dudas sobre qué precede a qué.

Podría decirse a lo sumo que Prometheus es la precuela de otra precuela aún por hacer, pero atajamos afirmando que se trata de una historia “independiente”.

“Buscábamos nuestro origen y podíamos haber encontrado nuestro fin”, reza el tagline de Prometheus a caballo entre la premisa y el epitafio. El cine ha experimentado grandes cambios desde 1979, las inquietudes del mercado son distintas, mientras que las personales, las humanas, siguen batiéndose en torno a los mismos misterios. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? Perdura la necesidad de comprender el Universo, de darle un significado, un propósito y una dirección a nuestra especie.

Prometheus abre las puertas a todas estas preguntas, aunque termina yéndose por la tangente sin cerrar ninguna, un tic habitual en Damon Lindeloft, guionista de Lost, al que muchos achacan que el ambicioso proyecto de Scott le ha venido grande.

De cualquier modo, la presumible frustración del espectador al ver como todas sus expectativas se estrellan contra un cliffhanger sólo es justificable a medias. Para evitar engaños y desengaños es preciso matizar que Prometheus fue esbozada como una trilogía desde el principio, precisamente por lo decepcionante que resultaría dar respuesta a todo en una sola película. Lo que no quita que su anticipada secuela dependa del éxito de la primera; ya sabéis, las inquietudes del mercado también necesitan encontrar su propia respuesta.

Sea como fuere los fans de Alien estamos de enhorabuena, ha llovido mucho desde entonces, pero afortunadamente su recuerdo no se ha perdido como lágrimas en la lluvia. Cambian los tiempos y las necesidades. Las superproducciones actuales barajan mayores presupuestos y mejores herramientas, el choque visual entre ambas películas se antojaba inevitable, y sin embargo Scott ha sabido recortar las distancias estéticas con inteligencia y maestría, respetando la identidad del clásico, y sin sacrificar ni un ápice de la espectacularidad que exigían las formas engendradas por la nueva trama.

Desaparecen las máquinas de humo, el blandimoco rezumando en las maquetas, las luces intermitentes, los encuadres cerrados y las criaturas ensombrecidas, ya no es necesario hacer malabares para suplir la falta de recursos, en Prometheus la imaginación pierde el miedo escénico y se despereza en toda su espeluznante gloria, una proeza del ingenio y la técnica.

Bastan las primeras tomas panorámicas de Islandia en 2.35:1 CinemaScope para cortar la respiración, una preciosa fotografía que armoniza para variar con la estereoscopía 3D más atinada y conjuntada en años.

El conflicto asoma cuando las bondades high-tech de producción contagian al arte conceptual y se propaga en diseños futuristas de vehículos, trajes o artefactos que amenazan con hacer de Alien una plantel de anacronismos. Siguiendo el orden cronológico, por ejemplo, puede desconcertar que la Nostromo se pilote con paneles de lucecitas, cuando la Prometheus va equipada con HUDs holográficos. Tampoco es que sea lo mismo un carguero comercial que el transporte de lujo del mismísimo Weyland, pero para devanarse los sesos en este tipo de disquisiciones ya existen incontables nichos de debate en Internet, una participación masiva que retroalimenta los misterios de Prometheus, y que puede sumarse indirectamente a su lista de virtudes.

Teorías y justificaciones aparte, si Alien y Prometheus encajan como un guante es gracias a su pilar más valioso. Muchos se han quejado de la poca implicación de H.R. Giger, una decepción cuanto menos insólita. Prometheus se nutre de un bastión de ideas nuevas, viejas y descartadas del artista suizo, y lo que no es suyo ha sido supervisado por él. Todo en Prometheus es inquietante y surrealista, elegante y sofisticado, una pesadilla gigeresca. No por nada su nombre encabeza los créditos finales.

Su dominio del lenguaje plástico-espacial consigue que nos encojamos y sobrecojamos al revisitar el Delerict de los “Ingenieros”, la raza extraterreste que sólo llegamos a entrever en Alien.

Volver a recorrer sus interminables pasillos óseos, o impregnarse a lo grande del misticismo de sus bóvedas biomecánicas no tiene precio, pero el tándem Scott-Giger ha ido más allá del simple alegato a la nostalgia. En cierto modo Prometheus es más Alien que la propia Alien, puesto que recupera elementos de la versión temprana del guión de O’Bannon, cuando atendía al título provisional de “Star Beast”. Sin ir más lejos, la historia de Alien no iba a desarrollarse originalmente en 2122, sino en 2087, que es prácticamente la fecha escogida para Prometheus.

Boquiabierto queda uno al ver la Pirámide desechada del guión original, y aún más al comprobar que no responde a su primer diseño (“Eggsilo exterior”, 1979), sino a una fusión con el Castillo Harkonnen (“Dune V”, 1976) que Giger había diseñado para la Dune de Jodorowsky que jamás llegó a ver la luz. Todo un regalo para los fans, y no es el la única reliquia desenterrada en esta exhumación cinematográfica.

De las dos últimas criaturas en incorporarse a la mitología xenomorfa, el “Trilobite” guarda un parecido pasmoso con el primer diseño del “Atrapacaras” (“Facehugger”), con aspecto de gusano-tentáculo (“Alien Monster IV”, 1979), e incluso coincide con la idea original de Dan O’Bannon, que lo describía como una “criatura octopoide”. Por otro lado, el “Diácono” (“Deacon”), bautizado así por la similitud entre su cabeza y una mitra papal, recuerda a su manera al cuadro “The Shiner” (1983-87), tanto por el aspecto del alien como por su reminiscencia nominal.

También aporta jugosas novedades al Universo Alien, como el fascinante (y sugerente) mural de la Cámara del Altar. En definitiva y resumiendo, el nombre de H.R. Giger conlleva mucho más que un simple anzuelo de cara a la campaña de marketing.

El cine se nutre de la sociedad (y viceversa) como la ciencia de la ficción (y viceversa). Un picoteo recíproco donde los sueños juegan a ser el útero de tecnologías imposibles, y donde la mayor barrera para el avance terminamos siendo nosotros mismos.

Arraigado a los cánones de la Edad de Plata de la Ciencia Ficción, Ridley Scott se recicla así mismo y vuelve a planear sobre el mito de Prometeo, como en su día hizo con Blade Runner, subiendo un peldaño en su revisión de los peligros tocantes al deseo de crear vida.

El cineasta propone un ejercicio de nostalgia arqueológica en el momento álgido de nuestra civilización, y aprovecha los cabos sueltos de Alien para plantear su peculiar visión teratológica de la raza humana, reformulando nuestro origen con una alternativa al Darwinismo y al Creacionismo: los Ingenieros.

Esta avanzada especie alienígena, una suerte de alquimistas a los que Scott suele aludir como “Ángeles Oscuros”, es capaz de crear vida y planetas, siempre en torno a la idea del sacrificio como todas las religiones, y ostenta un halo de misticismo e incluso de divinidad.

No es de extrañar que el título original de este evangelio apócrifo fuese “Paradise”, en honor al poema bíblico de John Milton “Paradise Lost”, título que actualmente se baraja para la secuela.

La referencia a Blade Runner tampoco es gratuita, ni secreta la fascinación de Ridley Scott por la Inteligencia Artificial. Aparte de la naturaleza sintética, poco comparte el androide Ash de Alien con David, el Replicante que interpreta magistralmente Michael Fassbender, “hijo” de un Weyland que aquí juega a ser Tyrell.

Llegados a este renglón cabe la posibilidad de que Prometheus pueda ser malinterpretada. Obviamente se encuentra lejos de aportar una lectura alienante, es inteligente, adulta y madura, e invita a la reflexión y a la crítica, pero no por ello resulta densa y petulante como ciertos ladrillos de la Ciencia Ficción.

Scott envuelve su discurso ético en una vivencia estética de 2 horas donde se dan cita el suspense, la acción, la tensión, la aventura, el terror e incluso momentos gore, con su acostumbrado dominio de las reglas dramáticas y narrativas, personajes equilibrados, bien construidos e interpretados, una poderosa banda sonora, y sin demasiado espacio para silencios o elipsis como ocurría en Alien.

Una película entretenida y equilibrada que por suerte y por desgracia termina revelándose como el preludio de una historia aún más grande por descubrir. Ahora sólo queda armarse de paciencia y esperar a la secuela, aunque por lo pronto podamos disfrutar del Director’s Cut de Prometheus, con esos 20 minutos que faltan a la versión de cine para que sea una película redonda.
 
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