Nocturna 2015: Resumen del día 2

La mañana del martes se desvaneció en una difusa (y a ratos confusa) niebla de entrevistas que lamentablemente, pese a ser un privilegio y un sueño estar hablando cara a cara con Robert Englund, también complicó en extremo la asistencia a las interesantes actividades paralelas en la FNAC. Así pues, sacrificamos con mucha pena la presentación del ensayo sobre Carlos Aured, subtitulado “Nostalgia y pasión”, en el que sus autores, Miguel Angel Planas y Carlos Benítez, disertaron largo y tendido acerca de la vida y obra de este icono murciano del fantaterror. El juvenil equipo familiar de The House on Pine Street, proyectada el día anterior, concedió un agradable metralleo de preguntas y respuestas a los asistentes, como canapé del plato estrella de la mañana, el encuentro con Alexandre Aja, al que veríamos poco después en el Hotel Conde Duque.


Fotograma III
(Fotograma de "III")


Nuestra entrevista con Aja fue breve pero aprovechada. El enfant terrible de los remakes nos habló de Horns, adaptación de una novela de Joe Hill que al parecer adora, página a página, protagonizada por un actor que también adora, Daniel Radcliffe, llegando a bromear con que su película era una secuela bastarda y lógica de la saga Harry Potter, en lo que se refiere a la evolución del actor hacia su lado oscuro. Al preguntarle por su primera adaptación literaria, “Alta Tensión”, y mostrarle la novela de Koontz “Intensity” (traducida en España “Tension” para más inri), Aja activó su cara poker para preguntas incómodas y optó por echar balones fuera justificando lo injustificable, como que el final de su película era distinto a la novela. Le costó más su segunda cara póker cuando aprovechamos para recordarle que el final de Alta Tensión no es su final original, como él mismo había señalado hace años, pero como el chaval en realidad es majo, pese a sus películas, y se lo tomó con humor, tampoco quisimos seguir “tensando” el hilo.

Con el maestro Englund la cosa fue muy distinta. Más corta, por desgracia, pero divertidísima y llena de anécdotas para enmarcar. Se nota que el actor vivo más cotizado y representativo del género ya está de vuelta de todo, cómodo y mimetizado con el personaje que le llevó al estrellato, Freddy Krueger, al que sigue amando con locura, según palabras suyas, por todo lo que significó en su vida personal y profesional, y por su calado en todas las generaciones de espectadores gracias a los avances de la tecnología. Mañana aprovecharemos para preguntarle cosas que quedaron en el tintero, si es posible entre la marabunta que colapsará el pequeño saloncito de la FNAC.

La tarde peliculera abrió en la Sala 1 con III, del realizador ruso Pavel Khvaleev, cuyo país de origen no se prodiga por el género pero siempre acaba encontrando representación en alguna edición de Nocturna (Winter of the Dead / Viy). Con un guion escrito por su esposa, y sin apenas ayudas económicas, la película vuelca sus fuerzas en hilar una historia dramática sobre chamanismo y posesiones; cuenta con un villano pintoresco, una fotografía preciosista y artística, buena banda sonora y elementos comunes del terror psicológico fantástico, más el guión va torciéndose progresivamente hasta casi boicotearse a sí misma, a lo que hay que sumar un sonido anormalmente aturullado, que deja de poso el sabor agridulce de una película que no pasa de correcta. Mientras, en la Sala 2 se proyectó la mexicana Somos lo que hay (2010), de nuevo dentro de la sección Focus. Mal le pese a su director, Jorge Michel Grau, su familia caníbal fue sometida a comparaciones constantes con su versión análoga en el reciente remake de Jim Mickle, que por desgracia muchos habían visto antes que la original.

Con Dark Was the Night, de Jack Heller, se repitió un poco de lo mismo que con The House of Pine Street, una mayoría de opiniones moderadas que según razones fluctuaron ligeramente hacia lo positivo o lo negativo. La película, en la línea criptozoológica de Indigenous, aunque mucho más atinada, trata sobre un presunto “Wendigo” que ronda el deprimente pueblo de Maiden Woods por culpa de la “deforestación”, que le ha obligado a salir del bosque, su hogar. Entrecomillo “Wendigo” y “deforestación” porque son dos términos que aparecen en la película gratuitamente como una suerte de justificación de la trama, y recalco lo de deprimente porque el pueblo parece Villa Melancolía, no sólo por el frío y azulado etalonaje de la fotografía, sino porque sus pocos habitantes son la viva imagen del amargor sin necesidad de monstruos.



(Dark Was The Night)


En la sala 2, Robert Englund acompañó al público con The Last Showing, una de sus últimas y más queridas películas, como calentamiento de lo que vendría después. Englund se deshace en elogios siempre que puede para referirse a su joven director, Phil Hawkins, y no le sobra razón, la película merece mucho la pena, y Englund hace un papelón como el villano “sawiano” Stuart Lloyd. Referencias, homenajes y pullitas al cine moderno incluidos.

Mientras Sonny Laguna y Tommy Wiklund, vencedores de la anterior 2013 de Nocturna con Wither, intentaban en vano repetir hazaña con su rape&revenge We Are Monsters (que despertó carcajadas no intencionadas), Luis Rosales presentaba en la sala paralela, a las 22:00, la que definió como “la gran noche”, una película que marcó la infancia, como la de la mayoría de asistentes, la titánica Pesadilla en Elm Street. Robert Englund, coreado y aplaudido hasta sangrar las palmas, subió al escenario para recoger su premio “Maestro del fantástico 2015”, armado con su carismática garra. Momentazo irrepetible, y la película, una bendición vista en pantalla grande por la que no pasan los años, salvo para bien. Felices pesadillas.