Crítica de "Cuatro Manos", el brillante thriller que llegará a los cines el viernes

De A través del espejo a Inseparables, pasando por Horror en el cuarto negro o, sobre todo, Hermanas y El Otro, el fantasma del gemelo malvado pasea por el cine de terror como una inversión de las propias inseguridades, la identidad y la autopercepción. Sin tratar necesariamente sobre gemelos, Cuatro Manos recupera la tradición de la dualidad con dos hermanas unidas por el trauma y le añade una constante de disociación sensorial y paranoia heredera de Polanski para crear un thriller oscuro con tintes de drama y de cine de venganza que destaca por su atmósfera opresiva y el característico tono denso del nuevo cine de género alemán.

Desde la escena inicial hay un contraste entre la belleza y lo amargo cuando el melancólico dúo de piano de dos niñas se ve interrumpido por la espantosa muerte de sus padres. Una pequeña pieza de horror compatible con los home invasion más dolorosos y realistas que tendrá consecuencias en el presente en el que transcurre la historia principal, veinte años después. Las dos hermanas Sophie (Frida-Lovisa Hamann) y Jessica (Friederike Becht) han crecido juntas, formando un muro de contención contra las consecuencias persistentes del sufrimiento no curado. Cuando los asesinos de su familia son liberados de prisión para vivir en su misma ciudad, Jessica ve materializadas sus pesadillas y pretende enfrentarse a su tormento cara a cara, mientras Sophie trata de continuar con su vida como pianista manteniéndose al margen.



A partir de ahí, la trama comienza a plantar giros del guion que alternan lo sorprendente con vueltas quizá no tan impredecibles pero que dejan espacio para deleitarse con los engranajes que giran frente a nosotros, que encuentran continuamente alguna solución inteligente de seguir manteniendo la tensión hasta sus desgarradores momentos finales. Hay detalles que guardan similitudes con la reciente Ghostland de Pascal Laugier, pero mientras aquella tomaba la ruta del planteamiento tramposo y los resortes del cine de terror más afines al torture porn, Cuatro manos prefiere confiar en el poso emocional, de forma fría, ruda y muy alemana. Bajo la apariencia de thriller psicológico oscuro se esconde una historia de obsesión, personalidad posesiva, desdoblamiento y el vínculo entre hermanos.

La realidad se va fragmentando conforme la memoria no es capaz de articular un punto de vista y la existencia de Sophie se convierte en una especie de aventura de la memoria a lo Memento con tonos lúgubres. La odisea de la protagonista es en parte un film de suspense psicológico, en parte una exploración de los efectos del dolor prematuro y su impacto sobre la personalidad, planteándonos cuestiones como si se puede aprender a vivir con él. Reconocer el daño, reconocer el impacto que puede tener el trauma y encontrar una manera de vivir con él. Y es en esa superficie anímica en donde Cuatro Manos encuentra un hallazgo poco habitual en este tipo de odiseas psicológicas. Sus revelaciones no son tanto terroríficas como integradoras y, pese a que aligera el devenir de las partes más turbias no demoniza a su protagonista.

Frida-Lovisa Hamann y Friederike Becht hacen una buena interpretación de las dos hermanas de forma que el equilibrio en pantalla de ambas cobra una importancia armónica, como la aparición de las manos de cada una en el teclado del piano. Martin (Christoph Letkowski), sirve como punto de referencia del público cuando la narrativa se va disolviendo y resulta un elemento clave en el tono aséptico de Cuatro Manos. Un punto de vista que permite vislumbrar a los personajes sin sentimentalismos, relativizando la distancia entre ellos y el espectador pero que también implica cierta desconexión emocional con la protagonista. Algo en cierta forma inevitable para su planteamiento, cuya frialdad viene acompañada por la humedad de la fotografía de Yoshi Heimrath, quien le da a la película un aspecto deliberadamente oscuro que recuerda a los thrillers nórdicos que triunfan en televisión.



Con una elección estilística no muy diferente a la de la serie Dark, no presenta, sin embargo, ningún elemento sobrenatural, sino que se limita a jugar con las posibilidades cinematográficas de ciertos trastornos mentales. Entre el impulso compulsivo y la disección del proceso de duelo, Cuatro Manos está más interesada en las ramificaciones morales del mundo que presenta a través de la exploración del peso psicológico del trauma, planteando una historia de venganza que elude la típica explosión de violencia. Sustituyendo la sangre y la catarsis por un juego de duda moral, tan anticlimática como honesta y reflexiva.

Cuatro Manos es un thriller brillante y absorbente, que juega con el horror de la desorientación y lo adereza con oscuridad tonal y suspense voraz. Oliver Kienle presenta una dirección elegante, más interesada en el examen gradual de los efectos residuales de la violencia que en la recreación gráfica de la misma. Bajo su apariencia de pesadilla psicológica, va dejando señas y cuestiones interesantes sobre la redención, la capacidad de las personas para cambiar o su condena a los errores del pasado, la disposición a aprender de los mismos o incluso si los demonios nacidos del dolor más profundo pueden dejar espacio para la idea del perdón. Una cantidad de subtexto que nunca llega a pesar demasiado pero que es inusual en una propuesta de género como esta, fresca e indispensable en un escenario necesitado de miradas de sensibilidad diferente.

Por Jorge Loser.

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