Crítica de "A 47 Metros 2". Escualos gigantes para el caluroso verano

Pese a que quedó muy desdibujada por el estreno de Infierno azul de Jaume Collet-Serra ese mismo año, la modesta A 47 metros fue un complemento submarino a aquella que no tenía tanto que envidiarle a la película con Blake Lively y un gran tiburón blanco. Con mucho menos presupuesto, escala y medios, la cinta de Johannes Roberts lograba un ejercicio de claustrofobia casi minimalista, explotando los espacios abiertos de las profundidades y el horizonte desenfocado del agua enturbiada por la oscuridad. Una película que en la mayoría de su metraje acumulaba ansiedad y mostraba a los tiburones lo mínimo, pese a que cuando lo hacían los efectos digitales eran muy creíbles. Ahora su secuela llega tras el éxito de Roberts con Los Extraños: cacería nocturna, un slasher discreto con muy buena banda sonora y un final bastante divertido.

Por ello,A 47 metros 2 tiene más presupuesto, escala y ambición que la anterior entrega, logrando un film sin más relación que el concepto y el autor, casi como si la franquicia fuera una antología cuyas señas de identidad son los escualos y las jovenzuelas haciendo submarinismo. La propuesta de esta nueva entrega es sencilla: el doble de chicas (ahora las protagonistas son dos hermanas y sus dos amigas entre las que están, por cierto, las hijas de Jamie Foxx y Silvester Stallone), un templo azteca sumergido y un tiburón ciego que se guía por el sonido. Es decir, básicamente un remake de The Descent submarino y con tiburones, con algunos elementos de aquí y allá rescatados de Deep Blue Sea. Hay algunos elementos más en la trama que van dando fuelle y movimiento pero básicamente es una película de concepto, sin muchas más pretensiones que crear una montaña rusa de claustrofobia, ansiedad y sustos de infarto.



Dentro de ese envoltorio, Roberts hace algunas cosas de forma más precipitada que en su anterior película. Es un planteamiento mucho más convencional en sus formas, apoyado más en el montaje y los golpes de efecto que en la tensión minimalista de la anterior. Recurre demasiado a las apariciones del tiburón por sorpresa, usando el mismo truco de iluminar la cara y el aspaviento de morder del animal, pero en general tiene efectividad pese a que se convierte en algo que roza lo rutinario. Y es una pena porque el emplazamiento es una maravilla: un antiguo templo de piedra lleno de relieves, esculturas inquietantes y recovecos que podrían dar mucho más juego. Pese a todo, la oscuridad y el agua enturbiada son recursos que aprovecha para algunas soluciones de puesta en escena que dejan intuir una película de terror más grande, cuando el escualo se intuye o se difumina como un fantasma, sensaciones que su pigmentación blanquecina incrementa.



A 47 metros 2 no se atreve a salir demasiado de sus confines de terror juvenil y como muestra de esa categoría es modélica, salvo por la incapacidad cada vez más demostrada de Roberts de dirigir actores, o de perfilar personajes que no estén cortados más allá del estereotipo de serie tipo The O.C., con relaciones familiares que solo funcionan porque están escritas en el guion y conflictos dignos de Las gemelas de Sweet Valley. Pero si entras en su juego de terror PG-13, con la sangre y detalles de violencia limitados, sabe ir ofreciendo algo más, con una lógica de escape contra el tiempo al estilo de algunas películas de desastre que la convierten en una aventura de terror animal muy digna, muy por encima de ofertas cortadas por el mismo patrón como Tiburón 3D: La presa o al menos al mismo nivel que Bait.

Quizá si no tuviera una colección de grandes éxitos de otras películas que ya hemos visto, aunque estén hiladas de forma entretenida, A 47 metros 2 podría aspirar a más, pero lo que nos ofrece no es desdeñable y lo corona con un clímax de oro en el que aprovecha algunas ideas del guión previas y le da algunas puntadas finales bien emplazadas. En su tramo final abraza su lado más trash y convierte al personaje de Sophie Nélisse en la heroína survival de tebeo que reclamaban los dos actos anteriores para volar por los aires cualquier atisbo de plausabilidad y subir el volumen de su lado blockbuster veraniego. Irregular, divertida y capaz de ser rutinaria o explosiva, la secuela de Johannes Roberts no quiere caminar por escalones por encima de su carril y eso beneficia el conjunto, aunque quede bastante por debajo de la espectacular Crawl es una buena aportación al subgénero de tiburones asesinos y, como poco, cumple con su misión de hacer que te lo pienses dos veces antes de meter el pie en el agua este verano.

Lo mejor: Su final desprejuiciado, divertidísimo e irreal.

Lo peor: El pobre trabajo de su director dando entidad a sus personajes.

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