Crítica de "Perros de Presa" (*** 1/2). En cines el 29 de noviembre.

El título de Adrian Panek que llegará a los cines el próximo 29 de noviembre.
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El hombre ha logrado desnaturalizar en muchos aspectos la configuración original del perro hasta el punto de acabar imponiéndole una etiqueta, la de «mejor amigo», que aparentemente todas las partes han asumido sin mucho debate. Pero el director polaco Adrian Panek ha imaginado otro plan para los animales y sus dueños en Perros de Presa, película ambientada en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, época de terror multiforme concretado en esta ocasión en la sed inagotable de canes que amedrentan a un grupo de niños confinados en una casa en el bosque tras ser liberados del horror alemán. Los muchachos, hambrientos y al borde de la inanición, trasladan consigo el eco del campo de concentración hasta el punto de recordar con estruendosa nitidez los entrenamientos a los que los soldados de las SS los sometían, y que en última instancia serán, paradójicamente, su vínculo con la cordura en un macabro recurso ante la sofisticación de unos perros entrenados para matar que no distinguen la carne atroz de la libre.

En Perros de Presa, Panek se aproxima más a lo tumultoso de la inolvidable Roar (1981, Noel Marshall) que a otras de recuerdo instantáneo como Cujo (1983, Lewis Teague). Al fin y al cabo, Cujo era un perro enfermo de buen corazón. Los pastores alemanes de Perros de Presa son más como los leones hambrientos de Roar (El gran rugido en castellano), película por cierto reconocida como una de las más arriesgadas de la historia del cine dado que de su rodaje salieron heridos incontables trabajadores como resultado del trato directo con los animales. Y aun así, escuchan la fidelidad necesaria para seguir acatando órdenes: es precisamente ese eco en la memoria de los niños, de uno de ellos en concreto, lo que impone una frontera con la barbarie y abre la opción de abandonar el segundo infierno en la tierra al que todos sus compañeros están abocados mientras dentro de la casa pelean, incluso literalmente, por sobrevivir sin comida ni bebida.



No es fácil hacer de una gran casa en un terreno abierto como lo es un bosque una atmósfera de opresión tan sincera como lo parece en esta cinta. Desgarradora y razonablemente incómoda, Perros de Presa eleva a pesadilla la insistencia del trauma resultante de la guerra, así como reclama el poder de la (mala) educación -en este caso a través de los perros- como atajo para el odio y la división en una época en la que todavía queda mucha gente que grita consignas de otra época a los extraños. Los niños protagonistas, supervivientes sin tapujos en competir entre sí por medio bocado de cualquier cosa, evocan aquel bipartidismo monumental y todavía hobbesiano de El señor de las moscas (1990, Harry Hook). Como vistazo al pasado, Perros de Presa es tan hábil como lo es su núcleo en el vistazo al presente, y no digamos ya al futuro, para generaciones eximidas de horrores opacos que no quieren verse robando y cenando grasa de motor para justificar su existencia mientras fuera esperan los perros.


LO MEJOR: La imponente atmósfera de devastación y desesperación en el mundo exterior increpada por el hambre y la necesidad en el interior. Una bella mefáfora sobre lo que hemos hecho y lo que podríamos llegar a ser a pesar de las advertencias.

LO PEOR: Falta cierta continuidad en las escenas tensas, desarrollos más específicos de protagonistas con potencial y se desdibuja el recurso del terror, aunque como alternativa a filmar una película que habría resultado más ampulosa y por tanto indigesta.

Por Manuel Mañero.