Crítica de "El Hombre Invisible". Una inteligente y sólida revisión de la mano de Blumhouse.

La cinta dirigida por Leigh Whannell y protagonizada por Elizabeth Moss que llegará este fin de semana a los cines
Una vez dado por perdido el fugaz Dark Universe empezado con La Momia, Universal ha dejado en mano de Blumhouse la resurrección de sus monstruos clásicos, no sabemos si para hacer un multiverso compartido o solo para ir haciendo remakes más o menos actualizados de cada uno de los iconos del terror de los años 30 y 40, que marcaron la iconografía del cine de género que estaba por venir. Había algo de escepticismo sobre el resultado posible teniendo en cuenta el modelo de producción que viene desarrollando Blumhouse en los últimos años, ajustando tanto los presupuestos que en ocasiones dejan ver cierta dejadez por el acabado visual y no se aprecia que busquen algo más que un entretenimiento de usar y tirar en muchos de sus proyectos.

Con fiascos como Fantasy Island había razones de peso para desconfiar, pero no hay de qué preocuparse, El hombre invisible es una estupenda película de terror y una actualización inteligente de la obra de H.G. Wells, llevando una idea tan simple como la desaparición a la vista de una persona a terrenos emocionales realmente perturbadores. Leigh Whannell ha ido creciendo como director, pese a que Upgrade es inferior a su injustamente maltratada Insidious 3, sí que había perfeccionado algunos recursos de cámara y montaje que en su última película utiliza con más paciencia y efectividad. Hay un cuidado con los personajes principales que ayudan a atrapar en la historia de Cecilia Kass, una mujer dominada y maltratada por su marido que decide escapar de su casa-prisión arriesgando su vida y la de su familia.



Hay una idea de partida brillante en esta reformulación del mito que, más allá del cambio de ciencia ficción de química por la física, funciona como un reloj. La invisibilidad como poder de una persona sobre otra llevado al terreno del thriller psicológico más perverso. El uso de ese poder para ir, poco a poco, doblegando y degradando a una pareja, convirtiendo el control en la verdadera patología, no en villanías de robos y violaciones, como el salvaje El hombre sin sombra de Paul Verhoeven. Sin embargo, El hombre invisible de Whannell sí que toma parte de una pieza fundamental de otro film en el que sí había violencia sexual muy desagradable de un ser invisible hacia una mujer, El ente, un clásico oculto que llevaba la desesperación de una madre soltera a la que nadie cree al terreno de lo real, en cuanto a cómo reflejaba la sensación de desamparo de una mujer a la que ninguna persona va a apoyar, por no poder demostrar que su martirio no es autoinflingido.

Tomando buena nota de cómo la cinta de 1982 reflejaba ese viacrucis femenino, El Hombre invisible deja a su protagonista a merced de un maltratador al que no le hace falta ejercer la violencia sobre su mujer, sino ir minando su cabeza, aislándola y cortando sus vías de escape por medio de una serie de tretas que, desafortunadamente, llegan a la perfección maléfica, acercando esta versión al cine de maridos malvados clásicos en el cine de suspense de Hichcock y, particularmente, la espeluznante Durmiendo con su enemigo, de la que Whannell toma prestado su introducción, junto a otras ideas que pueden provenir, perfectamente, de testimonios y orientación de mujeres maltratadas reales. Y lo que consigue, con su manejo de la tensión y el timing para su sólido juego de giros, es meternos en la experiencia de impotencia, de pura angustia, que puede sentir una mujer en la situación de no poder comunicar lo que está viviendo, equiparando la metáfora del hombre invisible al compañero que nadie puede ver, porque nadie lo conoce en la intimidad.

Este recurso, algo arriesgado y que puede ser culpado de superficial, es llevado a la perfección por Elisabeth Moss, que sabe ir subiendo el volumen de chaladura, desesperación, agotamiento y tristeza en una variación que no se limita a imitar sus registros de El cuento de la criada, a pesar de que viene de la misma fuente de horrores reales planteados como ficción. El maltrato, trasladado a la pantalla como miedo puro, es posiblemente el gran hallazgo de esta visión, je, de la invisibilidad, que sabe ir pasando por los géneros, del thriller a la ciencia ficción, para aposentarse en el émulo del terror fantasmal que el propio Whannell reinventó junto a James Wan. Todo acaba virando hacia la certeza de que el origen de todo mal está en el ser humano malvado, siendo un cúmulo de planes macabros propios de Hannibal, que mantienen el glúteo prieto y la mano apretada durante todo el tobogán de giros y vueltas de tuerca del viaje de Cecile.



El hombre invisible es muy entretenida, vibrante e inteligente en muchas de sus decisiones, aunque quizá acaba virando tanto los planes hacia lo improbable que hay detalles que resultan menos verosímiles que el propio concepto y explicación de la invisibilidad. No obstante, si algo puede achacársele es que tenga cierto tufillo, en el fondo, a un filme de sobremesa de etiqueta negra, un síndrome que comparte con el thriller de prestigio de primeros de los noventa o películas de calidad como Lo que la verdad esconde y que se acaba revelando como una cuestión de presupuesto y plan de producción de Blumhouse, un producto efectivo y barato —¿qué plan de ahorro puede ser más ingenioso que hacer una película en dónde el monstruo no se ve?— que a veces, en momentos concretos, se acaba notando en cierto uso del CGI como el hombre invisible bajo el agua.

El guion de Leigh Whannell mantiene el equilibrio del tono entre el comentario social y lo puramente palomitero, salvo algunos subrayados machacones, hasta que decide concluir con algo que llevaría al debate si no estuviera tratada de forma tan frívola. Son detalles que no impiden disfrutar de una propuesta muy sólida, llena de sorpresas y momentos de tensión imposibles, que además hacen querer saber qué más puede ofrecer este nuevo “universo” Blumhouse con personajes como Drácula o el Hombre Lobo.

Por Jorge Loser.