CRÍTICA DE LA MALDICIÓN (THE GRUDGE)

Por Jorge Loser
 
La ola de remakes de cine asiático fue una fiebre popular en los años de la explosión del j-Horror, de tal forma, que muchos llegaban antes a las obras recauchutadas que a las originales. Es por eso que la versión de The Ring de Gore Verbinski es más popular que la de Hideo Nakata, pese a que no logra dar tanto miedo. En el caso de la obra de Takashi Shimizu el autoremake del director en américa no ofreció muchas novedades sobre sus dos autoremakes previos —es complicado, el hombre ha hecho la misma película ocho veces— pero gozan de cierta fama y ha creado un culto particular que ha llegado a la decadencia propia de las sagas demasiado largas. En un panorama como la década saliente, en la que el terror sobrenatural ha copado las pantallas, no es del todo disparatada una puesta a punto de Kayako, aunque esta vez el peso cae en manos del peculiar director Nicolas Pesce.

Un realizador independiente con films extraños y estilizados con tendencia a la violencia propia de Takashi Miike, que le hace una elección improbable para la franquicia. Pesce recupera la idea casi antológica de los primeros filmes y lo estructura como una narración de idas y vueltas, en forma de investigación policial que va descubriéndonos diferentes capas de la expansión de los fantasmas, siempre a partir de consecuencias que ya sabemos. Lejos de restar fuerza, hay un eco morboso consciente en saber qué o cómo pasó lo que lleva a algunos personajes a un desenlace fatal, y en este punto radica el perverso bouquet de La Maldición (2019). La casi cronología inversa de los hechos también funciona como cronómetro macabro para los policías que deciden investigar qué está pasando en la casa en donde fue asesinada toda una familia.

La parte más cercana a la mitología de Shimizu es el carácter epidémico del encantamiento. Los fantasmas vengativos actúan casi como un virus, en su forma de propagarse por el mundo y en lo irremediable de su presencia una ve entras en contacto con ellos. Y es aquí en dónde Pesce brilla por encima de cualquier visión americana del original. No solo se centra en plantear una lógica de contagio al subgénero espectral, sino que cuida mucho los detalles del diseño de producción para dar la impresión de que, en realidad, todo el film está ya con los síntomas. Insectos en la carnicería, paredes descoloridas, pintura del coche desconchada, óxidos y colores ocres, en general, una atmósfera opresiva y viciada que llega a un punto en el que el aire se puede cortar.

La lástima es que todos esos hallazgos no se compensen con un tratamiento del terror algo más original o trabajado que el de los sustos llevados salto de montaje con golpes de sonido. Da la impresión, de hecho, de que esos exabruptos fueran más una decisión del estudio, puesto que chocan con los otros mimbres con los que Pesce trabaja. Un apartado importante, no cabe duda, puesto que hasta ese momento las suposiciones que hacemos se basan en el tono y el recuerdo de su familia. No obstante, hay muchas otras apariciones, momentos, rastro e ideas que sí que funcionan y son más sutiles.

Además, el film viene presentado con una violencia y reproducción del gore bastante inusual no solo ya en un film de terror con raíces en una franquicia asiática, sino en los de terror sobrenatural que estamos acostumbrados a ver en pantalla grande, frente a su suciedad y pobredumbre, el viaje sin muertos de Annabelle vuelve a casa parece un paseo por Disneylandia. Todo en La maldición parece decrépito, embadurnando la puesta en escena y afectando a los personajes, desde una sublime Lin Shaye desatada a el progresivo embrujo que sufre John Cho. Hasta la fotografía está alterada para que el maquillaje exagerado de algunos personajes sea enfermizo y crudo.

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Pero cuando aparecen sustos que imitan el célebre momento de Shock de Mario Bava, que “homenajeó” en 2019 The Prodigy o se comprueba que se han esfumado algunos planos que sí que se veían en el tráiler, hay cierta sospecha de interferencia creativa desde otros ámbitos de la producción que pueden ser la causa, además, del retraso en el estreno de la película. Con todo, su propuesta no se resiente pero deja el regusto a que podría haber sido mucho mejor con algunos retoques.

Lo mejor: su narración en flasbacks y el poco remilgo a la hora de mostrar gore y la corrupción de los cuerpos.

Lo peor: sus sustos de volumen y montaje.

 
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