CRÍTICA DE VEROTIKA

Por Carlos Marín
 
Esta crítica no tiene puntuación. No es una protesta, ni una duda, ni una reflexión. Es una declaración de principios: Verotika (Glenn Danzig, 2019) es una experiencia por encima de gustos u opiniones; un evento, como a algunos les gustará llamarlo, más allá del cine o siquiera el arte. Es un producto de una mente probablemente dañada por una vida de excesos, trazado con la mano de un gorila sobreexcitado capaz de obviar todas y cada una de las reglas cinematográficas que, por el simple hecho de nacer humano deberías conocer.

Su obertura es toda una declaración de intenciones. Mujer gótico-sexy se acerca a señora torturada, le mete las uñas en los ojos (eso sí, en un homenaje muy bonito a Lucio Fulci) y, al momento, se gira a cámara para susurrar con toda la parsimonia del mundo: “bienvenidos a Verotika”. Y, como diría alguien con un mínimo de sentido común, “a tomar por culo”. Porque lo que sigue a continuación es una antología de tres cuentos de terror a cada cual más absurdo, delirante e inenarrable, todo un desfile de actrices siliconadas que evocan, directamente, a ver una película porno sin sexo.

¿Lo más curioso de todo? Que si bien Danzig es capaz de hacerlo todo mal (y TODO MAL podría ser un buen subtítulo para su ópera prima), cada una de sus historietas entrega una visión casposa y torpe del cine a su manera, como si en su interior escondiera tres directores terribles, a cada cual esperando su momento de actuar.

La primera historia, ambientada en Francia porque los actores norteamericanos que aparecen ponen acento, nos muestra a una joven con un grave problema: sus pezones son ojos. La tristeza de su soledad hace brotar lágrimas de los pezones que, a su vez, caen sobre una araña blanca que casualmente pasaba por ahí que, a su vez, se acaba convirtiendo en un ser antropomorfo con seis brazos que, a su vez, acaba violando y asesinando jóvenes prostitutas parisinas. Sin duda el segmento más surrealista, con interpretaciones al borde del autismo y un par de coladas de focos o micrófono, creando una mitosis involuntaria entre la ficción y la realidad.

El siguiente cuento huye del fantástico para entregar un thriller de asesinatos, entre DePalma (hay, cielo santo, lentes partidas), Los ojos sin rostro (lo protagoniza una mujer deforme que arranca la cara a otras “bellezas”) y Verhoeven (básicamente Showgirls). Sin duda el segmento más flojo y barato de todos, con tanta pereza por acabar que ni siquiera acaba. El despiporre remonta con su último fragmento, reinterpretación de la condesa Elizabeth Bathory con el simple y sano objetivo de: ver una señora desnuda bañándose en sangre… durante una media de cinco minutos por secuencia. Contiene además la que es seguro la escena más delirante de la cinta, una en la que la Condesa se mira al espejo una y otra vez, en un bucle que podría durar hasta el fin de los días.

Habréis leído que es la The Room del cine de terror, pero que no os engañen: Verotika es un nivel más profundo, más inhumano, más imposible que la obra maestra de Tommy Wiseau. Es una película imposible, que no debería existir y con la que tenemos la fortuna de compartir tiempo y espacio. Es un regalo, una pieza de culto entregada desde la pureza y a la que venerar entre amigos, desconocidos, alcohol y desvergüenza. La peor película de todos los tiempos, en el contexto adecuado, podría ser la mejor de toda tu vida.

Lo mejor: todo.

Lo peor: todo.
 
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